¿Cómo desarrollo mis ideas antes de escribir, cuál es mi rutina de escritura, mis fuentes de inspiración, y cómo supero los bloqueos creativos?
Los rituales o actividades que existen detrás de la escritura son muchos. Cada escritor tiene su rutina antes de sentarse a escribir o a arrastrar el lápiz. En mis inicios siempre fui un creador perseverante, que continuamente rayaba en la terquedad. Invertía cerca de diez horas frente a la computadora o en el sillón, leyendo libros, articulando ideas.
El Joel de esos años seguía a pies juntillas los consejos de los escritores que admiraba y hablaba citando pasajes de los libros que leía. Incluso, no se movía del escritorio si una frase, un párrafo, no embonaba entre una oración y otra. Terqueaba con el lenguaje hasta que el lenguaje funcionara. A esto le llamo sacrificar el cuerpo, porque en ningún momento pensé en irme a hacer ejercicio.
Una novela que escribí corriendo
Tiempo después combiné la escritura con el atletismo. A todo escritor, vamos, a toda persona que hace trabajo de escritorio, le cae bien intercalar la actividad física con las horas de trabajo. En uno de los pasajes de Nunca más su nombre revelé mis procesos de escritura de entonces. Por la mañana me preparaba el café, me ponía los tenis, el short, la playera y salía a correr por las calles tijuanenses.
Corría 5 kilómetros y escribía 5 páginas diarias. En cada zancada podía tejer las tramas y acomodar el futuro de los personajes. Si los días eran complicados, me decía a mí mismo: “en 5 km está la meta, después de 5 páginas está el final de este capítulo”. Bajo ese ritmo escribí la novela en cuatro meses y podría decir que es una novela que escribí corriendo.
Puedo dar este tipo de ejemplos porque he sido una persona privilegiada. Antes de empezar Nunca más su nombre, hice un convenio con mi esposa. Ella se dedicaría a cubrir los gastos de la casa, mientras yo arrojaba todos mis conocimientos al procesador de textos y concluía una novela. Un trato que ahora veo injusto: yo estaba viviendo mi sueño como escritor y ella se negaba a vivir los suyos por cumplir el mío.
Hubo ocasiones en que el dinero apenas nos alcanzaba a final de mes y otras en las que interrumpí mi trabajo para dar clases y ganar un poco de dinero.
El precio de vivir el sueño
Las convocatorias de premios importantes nunca dejaron llegar el bloqueo creativo. Antes de escribir, abría la convocatoria del premio Juan Rulfo para primera novela y me decía que mi nombre algún día iba a estar al lado del maestro. Pido disculpas, tenía 29 años de edad y no medía mis palabras. Cuando me dieron la noticia de que la novela ganó el premio, sentí que la inversión intelectual y de tiempo había cobrado sentido. Por fin tenía dinero para pagar las deudas que se acumularon ese semestre.
No obstante, ¿qué habría pasado si yo no hubiera ganado ese premio? Ustedes imagínenlo. Basar tu carrera como escritor en premios y becas es condenar tu vida a fracasos constantes y al milagro. Fracasos que muchas veces te hacen dudar de tu talento y del tiempo que has invertido en tu trabajo. Milagro porque cuando tres o cuatro personas se ponen de acuerdo para decidir sobre el futuro de tu libro.
Caminar como una herramienta de escritura
En 2018 aprendí a caminar. Suena raro, pero el acto de mover mis piernas todas las mañanas, sin la pretensión de escribir, me ayudó a entender el valor de la naturaleza y de mi cuerpo. Bajé de peso, conocí historias de vida de personas ajenas a mí y descubrí que existen otro tipo de violencias que no son narradas por la literatura mexicana actual, las cuales afectan a la tierra y se convierten en enfermedades mortales en el ser humano.
Muchas ocasiones, el oficio del escritor suele ser tan ensimismado que sólo ve lo que hay en su escritorio y su biblioteca. Yo no quiero ser ese tipo de ser humano.
Después de la comida, agarraba la computadora y vaciaba en la libreta los múltiples apuntes que había sacado durante el día. Luego, revisaba qué sí y qué no. De un momento a otro me di cuenta que tenía una novela corta sobre el terricidio y el desplazamiento forzado. Tiempo después, tenía otra novela corta sobre los desaparecidos en México. Más tarde, una serie de crónicas sobre caminar los cerros degradados por la megaminería.
Escribir historias: explorar lo personal y lo colectivo
Caminar es una herramienta de escritura, donde el cuerpo y sus posibilidades físicas son un sensor que comparte espacios, comprende la tierra y los seres que la cohabitan. Yo no habría escrito estas historias, ni habría conocido lo que hay detrás de ellas, si mi proceso de escritura hubiera sido como el de mis libros anteriores.
Hay que salir.
Hay que caminar.
Hay que escuchar a los otros.
Si alguien me pregunta cómo hacer para escribir un libro o un proyecto, mi respuesta va a ir hacia muchos caminos, porque cada escritor tiene sus búsquedas personales. Pero la primera, sin dudarlo, sería: reconoce lo que vale tu historia personal (autobiografía) y sal a caminar para comprender la vida de las otras personas (historias de vida).