Notas sobre la segunda temporada de The Last of Us
Este domingo 20 de abril llegamos agotados a la casa, dejamos las maletas en la sala y nos tumbamos en la cama para ver el inicio de la segunda temporada de The Last of Us. Teníamos más de un año esperándola y no habíamos podido ver la nueva entrega durante el viaje que hicimos a Vancouver. La noche era perfecta para quedarnos quietos, con algo de cenar y el corazón listo para ser zarandeado.
Y vaya que lo fue. Si no has visto la nueva entrega de la serie, cierra este artículo y déjalo para después. Contiene spoilers.
La muerte de Joel no sorprende, pero duele. Se veía venir desde los primeros minutos del episodio, aunque nos negáramos a creerlo. La temporada arranca con un brinco temporal: cinco años después de los hechos del hospital de las Luciérnagas. Joel aparece más viejo, más lento, y con una sombra en la mirada que no se borra. Carga el cuerpo como quien lleva una piedra al fondo del pecho. Y Ellie —más dura, más distante— apenas le devuelve las palabras. Hay una grieta entre ambos, que no se nombra pero que lo infecta todo.
En una de las escenas más reveladoras, Joel busca una especie de consuelo o redención al hablar con Gail, la viuda de Eugene Lynden, la terapeuta del pueblo. Pero su intento es torpe, lacónico. Apenas alcanza a decir lo que siente. Como si el dolor fuera demasiado grande o demasiado viejo para ponerlo en palabras.
Una escena que destapa el odio contenido y la culpa mal digerida que aún circula en el pueblo de Jackson, como un veneno que nadie quiere nombrar.
«You shot and killed my husband. You killed Eugene. And I resent you for it. No. Maybe a little more than that. I hate you for it. I hate you for it. And yes, I know you had no choice. I know that. I know I should forgive you. Well, I’ve tried, and I can’t. Because of how you did it. And looking at your face, sitting in our home, makes me so fucking angry», le dispara Gail a Joel, como buscando una redención.
La serie va sembrando los guiños de la muerte anunciada de Joel: la melancolía, el aislamiento, el silencio incómodo con Ellie, su necesidad de reconstruir algo que tal vez ya no tiene remedio. Y aun así, por amor al personaje, por todo lo que significó en la primera temporada, nos negábamos a creer que pudieran matarlo. Queríamos pensar que todavía quedaba tiempo, que podía redimirse, que tal vez el amor —aunque torcido— lo salvaría otra vez.
Pero no. El amor que lo salvó en la primera temporada, es el mismo que lo condena en la segunda.
En el segundo episodio de esta nueva entrega, la cuenta se cobra con brutalidad: Abby, hija del médico que Joel asesinó en el hospital de las Luciérnagas, ejecuta la venganza como quien jala el gatillo de una historia que ya estaba escrita. Y Abby no es una villana de caricatura. Su venganza es tan justificada como lo fue el acto de Joel. The Last of Us te pone de frente a eso: todos creen tener razón. Todos están dispuestos a perderlo todo por amor o por odio. No hay redención gratis aquí.
Joel no muere como un héroe, sino como un hombre roto que hizo lo que creyó correcto, aunque eso significara robarle la decisión a Ellie, matar por ella, mentirle… y luego cargar con todo. Lo trágico es que lo hizo desde un lugar de amor absoluto, desde ese impulso protector que suele parecer noble, hasta que se convierte en traición.
Mataron a un hombre que eligió mal, muchas veces, con la esperanza de proteger lo poco que le quedaba, después de la muerte de su hija y su resignación. Mataron a una parte de la esperanza que el mismo Joel había logrado construir con tanto esfuerzo. Una esperanza que nos ayudaba a navegar en una serie de horror e incertidumbre.
Y ahora que Joel ya no está, ¿qué va a pasar con Ellie? Si él era el único que aún la veía como una niña, ¿quién la protegerá de sí misma? ¿Esa pieza que falta en su rompecabezas la conducirá por fin a su verdadero destino —convertirse en la cura que el mundo necesita para erradicar el Cordyceps— o caerá completamente en la oscuridad, consumida por la sed de venganza y las palabras que gritó cuando vio morir a Joel?
Lo que venga después será, sin duda, demoledor. Porque The Last of Us no es solo una serie sobre el fin del mundo o la lucha por sobrevivir. Es un relato sobre la condición humana llevada al borde: entre montañas tapizadas de nieve, tormentas heladas y hordas de infectados, amar y destruir terminan siendo lo mismo.