Algunos apuntes sobre la movilidad y los sueños
Pasé la noche en una casa victoriana de Vancouver. De esas que crujen al menor movimiento y que, aunque estén renovadas, parecen guardar secretos en las juntas de la madera. Estoy en O Canada Bed & Breakfast, un nombre que suena a postal turística, pero que esta noche se volvió el escenario de un sueño extraño en West End. Soñé que volvía a mi departamento en Tijuana y, al deshacer la maleta, aparecían entre mis cosas las llaves de este cuarto con decoración de otra época: cortinas pesadas, papel tapiz floral, una lámpara de mesa cuya sombra es más alta de lo normal. Entonces me invadía la preocupación: debía volver para entregarlas.
No era un olvido cualquiera. Era la conciencia de haberme llevado algo que no me pertenece del todo. O quizá sí. Quizá esas llaves representan otra cosa: el deseo de quedarme en un territorio ajeno, la sospecha de que una parte de mí ya habita ahí, sin pedir permiso. ¿Qué parte de mí se activa cuando cruzo las líneas del mapa y me dejo interpelar por el silencio de un lugar desconocido?
No es la primera vez que Canadá me activa los sueños. Cuando estuve en Banff, durante una residencia artística en 2019, soñé que era uno de los primeros hombres en cruzar un mar hecho hielo. Caminaba sobre su superficie congelada con la certeza de que al otro lado me esperaba un nuevo hogar, una tierra helada y gris donde podía construir algo. También en ese sueño aparecían mis amigos de infancia y las escuelas donde estudié. Era como si el pasado me escoltara en mi intento de fundar el futuro.
Estos sueños no llegan porque sí. Canadá me activa los archivos dormidos. Saca a flote mi historia, no como nostalgia, sino como brújula. Cada vez que duermo en territorio frío, algo se enciende: la voz del niño que quiso huir de Zacatecas, la del joven que soñó con otros horizontes, la del adulto que aún no termina de llegar a donde quiere estar.
Porque siempre he tenido esa inquietud: moverme. Por eso camino. Desde adolescente quise salir del lugar donde nací. No por desprecio, sino porque intuía que algo afuera podía contener mejor mi voz. Ahora vivo en Tijuana, en la otra esquina del país. Y aun así, quiero ir más al norte. Canadá es un país y un símbolo: una página por escribir, un clima donde hablar distinto, una frontera interna por cruzar.
Y tal vez por eso me conmueven tanto las historias de quienes se mueven, se desplazan y buscan. No sólo las escribo, las escucho como quien oye su propia respiración al dormir: irregular, temblorosa, cargada de sentido.
Después de descansar dos noches en el cuarto victoriano de O Canada, donde se escribió una de las primeras versiones en inglés del himno nacional de este país, me despierto con la sensación de haber soñado distinto. Hay una textura más honda en las imágenes. Textura que se manifiesta durante las caminatas por Stanley Park o Lynn Canyon, mientras la humedad me empapa y los árboles cubren el cielo. Pienso en Canadá y en las llaves. Me pregunto por qué las conservo dentro de la palma de mi mano en el sueño, por qué no las dejo en la recepción, por qué una parte de mí sigue regresando a esa habitación aunque esté despierto.
¿En qué momento se detiene el cuerpo? ¿Cuándo dejamos de huir o de buscar? ¿En qué instante exacto sacamos las llaves del bolsillo y las metemos en una cerradura que creemos nuestra?
Las llaves son un símbolo de paso y una decisión. Abrir una puerta es entrar y es quedarse. Y quedarse no siempre es rendirse. A veces, es la forma más silenciosa de acomodar la maleta y abrirla, para dejar que las pertenencias, por fin, echen raíces.