Isela tiene 24 años y dos hijos que no pasan la década. Duerme poco, trabaja mucho, come rápido. A veces cree que la vida es una trampa. Como si alguien le hubiera prometido algo que nunca llegó. Su cuerpo carga con el mismo peso todos los días. Como Sísifo, empuja una piedra que no eligió, y que nunca deja caer.
Nadie la ayuda. Su familia está rota desde hace años. El papá de los niños se fue cuando supo que ella no iba a abortar. Le dejó un par de frases sucias y un teléfono bloqueado. A ella le quedaron dos bocas que alimentar, tres turnos, y una inflamación en el estómago que le avisa cada vez que la ansiedad se le desborda.
Criar desde la herida
Nunca fue niña. O no lo recuerda. Solo recuerda estar al cuidado de otros. Su madre desaparecía por días. Los tíos eran sombras que prefería evitar. Aprendió a callarse desde temprano, como si el silencio fuera una forma de defensa.
Ahora, en el silencio de su cuarto, se traga el enojo y el miedo. Aguanta el dolor de espalda y las ganas de gritar. Porque hay que preparar el desayuno. Porque el niño tiene que llegar peinado a la escuela, si no lo regresan. Porque no quiere que lo traten como a ella: despeinada, sin bañar, cargando el olor de la pobreza encima.
Nadie le enseñó a ser madre. Nadie la sostiene. Pero todos esperan que lo haga bien. Impecable. Sin fallas. Porque si no lo hace, es una mala madre. Y las malas madres son, también, malas mujeres. «Tú hazte cargo, son tus hijos», le dice su mamá cada que Isela le pide que se los cuide un rato para ir a la escuela los fines de semana, porque, para tener un mejor salario, necesita terminar su licenciatura.
Ella no sabe, pero lo intuye: algo le roe por dentro, una herida vieja que no se ve pero vive en su cuerpo. Y cuando se retrasa para recoger a sus hijos, cuando los deja esperando cinco minutos en la salida de la escuela, siente que esa herida está a punto de mudarse a ellos. Ésa es su verdadera lucha: que el abandono no vuelva a repetirse, que no los alcance también a ellos.
Madre en los márgenes sociales
El 10 de mayo nadie le escribe. Su hijo le entrega un dibujo mal cortado. La maestra dice «dale un abrazo a tu mamá». Isela sonríe. Se traga otro silencio. No le cuenta que su jefe volvió a insultarla. Que su compañero la invitó otra vez al motel. Porque ser madre soltera, para muchos, significa estar disponible. Estar rota y necesitada.
Ese día, como todos, sale con sus hijos a la calle, suben al autobús, recorren la ciudad como si fuera un campo de pruebas. Es 10 de mayo, pero en su casa no hay festejo. Lo único que existe son dos criaturas que la miran con ojos ávidos de mundo, que cuelgan de su brazo, que caminan junto a ella aunque no entiendan todavía todo lo que carga.
Este país celebra a las mamás con esposo, con flores, con casa, con sala decorada. A las otras —las que crían desde el cuerpo roto, desde el miedo, desde la pura voluntad y llevan una herida abierta— las ignora. No caben en la postal ni en la foto de Instagram.
Y, sin embargo, son miles de Iselas. Son las que sostienen lo que nadie quiere ver. Las que cargan lo que otros dejaron tirado. Las que me han sostenido a mí. Las que te han sostenido a ti en silencio y fortaleza.
Ser madre en los márgenes no es una virtud. Es una deuda heredada que nadie firmó, pero que se paga día con día. El sistema la llama amor. Pero en el fondo, es castigo. Castigo por quedarse. Por no abortar. Por resistir y existir sin permiso.
Esta historia no es mía, me la han contado muchas veces. Por esto, este 10 de mayo los invito a no olvidar que hay mujeres criando desde el abandono. No basta con admirarlas en silencio. El silencio social es, también, una forma de invisibilizar y esto es una forma de violencia. Hay que hablar de ellas, hay que caminar con ellas. Hay que preguntarles cómo están y si necesitan algo.