Un musical con luces, cuerpos y olvido histórico
Durante la semana que estuve en Ciudad de México, vi la Malinche El Musical en el Frontón. Lo que presencié fue un show de alto presupuesto, con un marketing desmesurado, cuerpos afinados y despliegue visual. Pero también vi cómo se construye un relato donde la conquista de México deja de ser tragedia y se vuelve coreografía.
Se trata, sin duda alguna, de un musical que romantiza una barbarie que se sigue replicando en lugares del país, con distintos actores, pero con el mismo modelo de despojo. Nacho Cano, productor español, firma el libreto completo de la obra. Sin voces mexicanas ni asesoría histórica, lo que presenta es una versión blanqueada de la conquista.
Malintzin aparece como figura enamorada; Cortés como héroe carismático. La violencia extractivista, el despojo colonial quedan fuera. El mestizaje se presenta como milagro, no como estrategia de dominación.
Flamenco en lugar de arcabuces
En lugar de arcabuces y cruz, ahora llega el flamenco. El musical reinterpreta la historia desde una estética netamente europea. El zapateado ocupa el lugar de la espada. El escenario recrea selvas y pirámides como parque temático. Se estetiza el sometimiento: el colonizador ahora baila sobre la historia.
Y yo me pregunto, ¿por qué el público mexicano aplaude esto? Este espectáculo no podría funcionar sin un público dispuesto a aprobarlo. La educación oficial en México ha sembrado durante años una narrativa del mestizaje como redención. La figura de la Malinche ha sido estigmatizada, pero también secuestrada por discursos patrioteros que evitan el conflicto. Y la prensa cultural, debilitada, no articula una crítica contundente ante este tipo de obras que se abren paso con una artillería pesada en publicidad.
El colonizado que aplaude al conquistador
Esta obra no es, como se ha promocionado, una reconciliación histórica. Es una omisión. Malinche El Musical evita el despojo, el genocidio, el extractivismo, la evangelización forzada (que hoy en día sigue haciendo mucho daño a lugares marginados en México), La obra no es memoria, es show con diapositivas como fondo del tipo Age of Empires.
Maneja la conquista con luces LED, playback, flamenco y producción millonaria recibida por un México que aplaude de pie. Porque, como diría Franz Fanon en Los condenados de la tierra, “el colonizado termina interiorizando la mirada del colonizador”, y le perdona todo.