Notas desde la orilla, donde el autor se borra
A veces pienso en la muerte del autor, ese concepto de Roland Barthes que alguna vez leí en la universidad y que hoy me parece menos una teoría y más una experiencia personal. Dicen que el autor muere cuando el lector toma el control del texto, cuando ya no importa quién lo escribió ni qué quería decir. Pero hay otras muertes más discretas y cotidianas: la del autor que ya no es reconocido, la del que se volvió anónimo en su propia tierra, o la del que mira sus libros en una estantería y no se siente del todo suyo. Esta historia va sobre eso.
Unos meses antes de la pandemia, entré a la Librería Andrea para pagar algunas de mis deudas con el karma. Parte de mi educación universitaria se la debo a esa mítica librería del Callejón de los Bolos, en Zacatecas, y al buen gusto de sus dueños, Esther y José de Jesús. La obra de Baudelaire, Rilke, Rimbaud, Poe, Cortázar, Borges y más escritores la pude leer gracias al descuento digital.
Incluso algunas de mis amigas de entonces se vieron favorecidas en sus cumpleaños, cuando les regalé libros que sustraje con cautela de esa librería. Así que, ya que estaba en edad y en condiciones de retribuir ese gran apoyo que ellos sin saber me dieron, cada que iba a Zacatecas visitaba la librería y compraba libros para regalar. En aquel 2020 no fue la excepción. Estaba haciendo entrevistas para una investigación y, al aprovechar que caminaba por la ciudad, entré a la librería Andrea.
En el mostrador me encontré a la misma mujer amable que me atendía en mi juventud. Caminé entre los pasillos y en uno de los estantes encontré varios libros míos. Aproveché que había algunas novelas y las compré todas para regalarlas a las personas que iba a entrevistar.
La mujer me preguntó si conocía al autor. Al no darse cuenta de que era yo (el cubrebocas y la gorra ocultaban mi identidad), le dije que no, pero mentí diciéndole que era uno de mis autores favoritos. Ella empezó a hablarme de él sin saber que era yo. Que lo conocía, que había estudiado en Zacatecas, que esa novela hablaba de la ciudad y otras cosas más. Solo asentí y le pregunté si el autor había escrito más libros. Ella me respondió, sorprendida, que tenía mucho tiempo que no sabía de él.
Pagué las novelas. Salí al callejón con mis libros bajo el brazo. Barthes no se equivocaba: a veces la obra nace cuando en realidad el autor, aunque esté de cuerpo presente, desaparece.
Tiempo después, viajé a Hermosillo por cuestiones personales. Un amigo de la familia cumplía años y aventó la casa por la ventana para celebrarlo. Tras haber pasado dos días allá y haber hecho el recorrido del taco, volví a Tijuana en uno de esos vuelos tempraneros donde el aeropuerto está casi vacío.
En el avión me tocó compartir espacio con dos mujeres. Una de ellas no paró de mirarme y de ser extremadamente cortés cuando me pedía permiso para pasar al pasillo e ir al baño. Hubo un momento en que el calor de la cabina me incomodó: me quité la gorra y me recogí el cabello.
Acto seguido, la mujer rompió el silencio:
—¿Es usted famoso?
No supe qué responder. Fruncí el ceño.
—Sí —añadió—, el que canta… Maluma.
A veces parecemos lo que no somos y nos esfumamos creyendo que algo bueno fuimos. Sin pensarlo mucho, le respondí que sí y le pedí que por favor fuera discreta. Me puse los lentes oscuros para intentar dormir.
En julio de este mismo año subimos las maletas a la camioneta. Flor y yo partimos a la Carretera Federal 1 de la Baja. El plan era celebrar parte de mi cumpleaños en El Estero La Bocana, convivir con nuestros amigos, comer mariscos, beber cerveza y caminar entre las dunas.
En La Bocana disfrutamos, convivimos, fuimos felices como dos recién enamorados y tuvimos la oportunidad de estar en la apertura del café Destino Bocanero. La celebración fue concurrida. Cuando llegué para pedir un café, una jovencita se paró de su asiento, me apuntó y dijo:
—¿Verdad que él es influencer?
Volteé detrás de mí para saber a quién se refería. Me detuve y me señalé, apuntando a mi pecho, como si ella hablaba de otro.
Ella dijo:
—Sí, el influencer que da consejos en TikTok.
Flor abrió la puerta del café y, sin decir nada, me rescató.
A veces no somos lo que deseamos ser. En otras ocasiones somos lo que no queremos. Pero hay veces en que parecemos lo que más odiaríamos ser o lo que otros quieren que seamos, según su manera de entender el mundo. Y, si se insiste, uno termina aceptándolo con resignación cómica, o se pone los lentes oscuros.
Al día siguiente viajamos a Bahía de los Ángeles, un desierto frente al Mar de Cortés, donde sobresalen cerros y se convive con delfines, mantarrayas y tiburones ballena.
Aquí, en plena oscuridad, hago un examen de los años de vida mientras vemos la vía láctea y pienso en la muerte del autor. Las estrellas iluminan ligeramente la arena. El mar enmudece al punto que parece no existir. El horizonte es tan oscuro que fue robado por la noche misma. Una estrella fugaz y su estela nos roban la atención: me recuerda la frágil y breve existencia del ser humano, insignificante frente a los planetas del orbe, insignificante en comparación a los años que tiene la tierra.
Y tal vez —solo tal vez— aquí, en este lugar sin nombres ni etiquetas, donde nadie espera que sea alguien, ni me confunde con nadie, me reconozco.
En esta vida he tenido, por momentos, la fortuna de ser lo que siempre he deseado, y no lo que otros han querido que sea. En otras ocasiones, simplemente fui lo que pude, y —sin complicaciones— eso me llena de alegría.
Cierro los párpados y sigo siendo joven. Los abro y tengo un año más de vida. Y todos, como diría Pessoa, los sueños de este mundo en la palma de mi mano.
—Felices 41 años —me dice Flor.