Gracias a Dios soy ateo, pero obtuve la Compostela

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Vista al lago de Portomarín, Galicia, BLOG IAMJOELFORES.COM

Seis días, seis motivos: mi experiencia de Sarria a Santiago de Compostela

Hace un año caminé el tramo final del Camino de Santiago sin religión y sin fe. No fui porque algún santo me hiciera el milagrito ni porque tuviera problemas que solucionar. Fui por curiosidad antropológica y culinaria. En abril de 2024 teníamos días libres y ganas de ver a viejos amigos en España y caminar. Así que hicimos las maletas, compramos lo necesario y viajamos.

Elegimos el Camino Francés, desde Sarria hasta Santiago de Compostela. Lo recorrí sin prisa, sin Biblia ni intención de pedir disculpas ni hacer promesas. En vez de cargar estampitas o una cruz al cuello, cargué seis temas que creí pertinentes para reflexionar, mientras mis pasos tejían el trayecto.

Cada día se lo dediqué a algo que quiero:

El primero, de Sarria a Portomarín, a la amistad: caminé pensando en mis amigos, los que han estado, los que ya no están y a los que caminan a mi lado desde la distancia.

El segundo, de Portomarín a Palas de Rei, a mi familia: el día más caluroso, más largo, el más agotador, y en el que más se me antojó detenerme para beber una cerveza.

El tercero, de Palas de Rei a Melide, a la literatura: con el cuerpo cansado, busqué recordar lo que la literatura me ha dado y lo que yo le he dado a ella.

El cuarto, de Melide a Arzúa, al amor: no al romántico, sino al que se cultiva con la permanencia, las discrepancias y los proyectos en común, ese amor que camina parejito con uno. Ese día, comimos el mejor pulpo a las brazas de mi vida en Pulpería Ezequiel. Romance culinario puro.  

El quinto, de Arzúa a O Pedrouzo, a mí mismo: sin excusas, con la honestidad por delante. Yo, con mi sudor y mis preguntas. Yo, con mis inseguridades y mi ego que a veces crece como los incendios que arrasan el sur de California.

El sexto, de O Pedrouzo a Santiago, a caminar por caminar, sin adornos ni explicaciones. Hubo muchos minutos en silencio, pero también risas al lado de uno de mis mejores amigos que se animó a caminar conmigo. Incluso, en un par de ocasiones, no paramos a beber cerveza, a compartir parte de las historias que unen nuestra amistad, a comer una empanadita, una naranja y, después, seguimos. 

No camino por sacrificio

Aquí debo ser muy honesto. Jamás sentí esa revelación espiritual que muchos iluminados juran tener a mitad del camino. No me cayó del cielo una paloma ni escuché a Dios entre los robles gallegos decirme: «Hijo, has pecado mucho, pero ya estás perdonado». Crecí en Zacatecas, donde levantas una piedra y no sale un alacrán, sino alguien que te dice «Primero Dios» o «Dios mediante». La religión católica es el pan de cada día en los habitantes del semidesierto.

Incluso, yo fui educado en un colegio católico, con misas semanales y rezos hasta para salir al recreo. Sin embargo, gracias a Dios, soy ateo. Aunque a veces me acuerdo de él cuando el miedo me congela o, cuando quiero algún descuento de algún comerciante, o ganarme la confianza de alguna persona, suelo decir: «si Dios quiere o lo permite».

Pensé que hacer este camino sería un encuentro con mis raíces, pero fue así. Y tampoco tendría porque haberlo sido.

Durante el trayecto me crucé con creyentes que caminaban pagando una manda, con personas que cargaban las cenizas de su pareja para esparcirlas donde se habían prometido amor eterno, con turistas que lo hacían por “estar en la onda”, y con otros que solo se quejaban de las ampollas o querían detenerse en una tiendita por su chelota. Pero todos se veían vivos, luminosos, inmersos en el camino y frente al bosque, lejos del asfalto.

Otros caminos, otras revelaciones

Había otros más que hacían el camino desde la narrativa católica del sacrificio, del dolor como moneda que puede saldar algo. Yo observaba y pensaba: ¿por qué caminar tiene que ser sinónimo de sufrimiento?, ¿por qué la naturaleza ajena debe conquistarse con sacrificio?, ¿por qué no disfrutar de este contacto tan puro con el bosque y el viento, con el agua y las nubes, con uno mismo?

Retirado en la paz de estos desiertos,
con muchos peregrinos juntos,
vivo en conversación conmigo mismo
y escucho con los ojos y los pasos.

Camino sin buscar cielos abiertos,
sin promesas, sin dogmas, sin asuntos;
dejo que el aire borre lo difunto
y que el cansancio me devuelva cierto.

No busco cielo, sino vino tinto,
ni absolución, sino descanso lento;
el calor y la pereza me han dejado finto,
el pulpo y la cerveza son mi sacramento.

He sentido más conexión con mis raíces católicas al caminar con don Sergio Vidal (un atleta que le encanta conocer la historia de los pueblos a través de sus pasos) los pueblos cristeros de los Altos de Jalisco, al escuchar historias de guerra por el amor a Dios sobre todas las cosas en el sur de Zacatecas, que en el silencio idealizado del Camino de Santiago.

He sentido más trascendencia al subir San Jacinto, en California, cuando el oxígeno me faltó y el cuerpo casi se me doblaba, que en Santiago de Compostela, donde el incienso se vende como postal y te obligan a no quitarte las sandalias ni a tocarte los pues en misa, porque estás en la Casa del Señor.

El milagro está en el plato

Y, sin embargo, no cambiaría la experiencia de caminar en aquel bosque gallego por alguna otra. No por revelación, sino por el albariño frío después de veintitantos kilómetros, las sardinas asadas frente al lago de Portomarín, los pimientos del padrón y los tomates rosa que saben a tierra y sol en O Pedrouzo y el pulpo de Melide.

En Galicia se come con devoción. Ahí sí que sentí algo parecido a lo sagrado. El Camino de Santiago no me transformó, pero me alimentó. Y eso también es un milagro.

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SOBRE EL AUTOR
Retrato de Joel Flores, escritor y narrador mexicano

Joel Flores escribe historias que destacan por su profunda conexión con la realidad mexicana. Leer más ➡

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