Sigur Rós en Jacobs Music Center, San Diego, CA

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Sigur Rós en Jacobs Music Center, San Diego, CA

Hay días en los que el tiempo crea un nudo perfecto. Lo que se ha vivido, perdido o soñado, regresa con claridad. El 2 de noviembre de 2025 fue uno de esos días. Vi a Sigur Rós por primera vez en mi vida, en San Diego, en el Jacobs Music Center. Y, aunque era solo un concierto, para mí fue un reencuentro con mi juventud, con mi hermano, con mis decisiones más importantes y con el vértigo de haber elegido ser escritor.

Conocí a Sigur Rós gracias a Radiohead. O, más bien, gracias a la curiosidad que Radiohead despertó en mí cuando alguien me dijo que existía una banda islandesa que abría sus conciertos. La historia tenía algo de leyenda: amigos y críticos de música decían que en una gira europea los habían invitado como teloneros, y que el público, tan fascinado, pidió que no se bajaran del escenario. Que incluso retrasaron la entrada de Radiohead. Con el tiempo confirmé que era cierto. No eran una banda cualquiera. Eran un hallazgo para quienes queríamos escuchar algo nuevo, extraño, difícil de clasificar.

Y todavía lo son.

Su música llegó a mí cuando casi todo estaba por definirse. Me había ido de casa de mi mamá. Vivía con mi hermano mayor. Tuvimos diferencias enormes. Terminamos peleados. Compartíamos una casita sin forma, pero en ese caos había algo esencial para mí: silencio, tiempo, y una laptop donde escribía diariamente con el afán de hacerme un nombre y un camino. Sigur Rós sonaba de fondo. No hacía falta que entendiera las letras. Esa mezcla de cuerdas, ruido blanco y voces etéreas me hacía sentir acompañado. Como si alguien más viviera también con la piel a flor de incertidumbre.

Esa etapa fue el inicio de lo que soy. Mi vida sexual. Mis decisiones autónomas. Mis primeros textos en serio. Mis primeras derrotas también. Años después, cuando fui becario de la Fundación Antonio Gala, uno de los músicos residentes tocó «Olsen Olsen» en el piano. Me quedé quieto en mi habitación. Fue como si alguien hubiera abierto una ventana secreta a mis veinte años. Volví a estar ahí, en el cuarto desordenado. Escribía sin saber si eso me iba a salvar.

Y me salvó.

Siempre he pensado que escribir y escuchar música a la vez es conversar con todos los que fuimos. Ver a Sigur Rós en vivo ha sido el cierre de mi juventud y una manera de decirme: lo lograste, sigues vivo.

En el Jacobs Music Center no tocaron todas las canciones que imaginé, pero fueron las necesarias para que los asistentes, más de una vez, se levantaran de su asiento y gritaran eufóricos a celebrar la voz de Jónsi,  los arreglos inesperados de la orquesta. Hubo pasajes de «Von», «Hoppípolla» y «Untitled #1 Vaka» que me hicieron recordar aquellos años de incertidumbre, cuando me decía: «no sé si voy por el camino correcto, pero no me voy a detener; sé que voy a llegar, no sé a dónde, pero llegaré.

Y llegué.

Gracia, Sigur Rós, por regalarme el setlist de mis mejores años.

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