Durante mucho tiempo creí que la verdadera herencia de mi papá había sido el silencio. No sus palabras —que fueron pocas— ni sus gestos —que fueron erráticos—, sino una música que siempre regresaba cuando bebía y algo en él se desbordaba. Durante mi niñez, Pink Floyd sonaba en la sala del departamento como si alguien hubiera abierto una grieta. El hombre a veces lloraba, gritaba. Casi siempre terminaba rompiendo los acetatos en el patio, uno por uno, como si necesitara destruir algún recuerdo.
Mi hermano y yo crecimos viendo esos discos partidos en dos, astillados, inutilizables. No sabíamos por qué lo hacía. Pink Floyd se convirtió en una lengua extraña y familiar: la banda sonora de un padre que no supo quedarse ni enmendar su pasado, siempre oculto.
Después del divorcio, mi papá desapareció como desaparecen algunos hombres: dejó de llamar, de pasar, de existir. Los discos no quedaron con nosotros. Tampoco con él. Quedaron rotos. Y, aun así, seguían ahí.
Años después, cuando mi hermano consiguió su primer trabajo, ocurrió algo que todavía recuerdo con una claridad extraña. Caminábamos por una calle que conduce al Mercado de la Plata, en Zacatecas. Un vendedor tenía una manta extendida en el suelo. Sobre ella, discos usados, carátulas gastadas, polvo. Entre todo eso apareció un estuche doble de The Wall – Live in Berlin. El cartón estaba vencido por el tiempo, pero los vinilos seguían intactos. No recuerdo el precio. Recuerdo que con el sueldo de mi hermano alcanzaba justo para eso y nada más.
En aquel entonces en la disquera vendían Pulse en formato CD. Nuevo y brillante. Mi hermano lo miró. Luego miró el vinilo. Eligió el vinilo y se quedó sin dinero.
En casa no teníamos consola para reproducir acetatos. El disco no podía sonar. Así que lo pusimos sobre la tapa de un armario, como si fuera un mosaico, y encima colocamos un vidrio para protegerlo. Durante años estuvo ahí. No se escuchaba, pero nos acompañaba. Era una reliquia doméstica.
Ese concierto de The Wall – Live in Berlin había ocurrido un 21 de julio. Era el mismo día de mi cumpleaños. Yo había nacido el 21 del mismo mes en 1984. Mientras cumplía seis años, en otro lugar del mundo The Wall se levantaba de nuevo, al aire libre, sobre los restos de un muro real, como el recordatorio de que no deben existir muros que nos separen y destruyan. A veces las fechas señalan una correspondencia secreta entre la historia pública y la vida privada.
Años después me enamoré de una mujer. Yo era ridiculamente joven y muchas cosas para mí eran complicadas. Nuestra relación fue siempre a escondidas. Nos veíamos de madrugada, en la parte trasera del carro de su mamá, dentro de la cochera, mientras todos dormían. Ahí entendí que —sin que me lo dijera del todo— yo no podía existir a la luz del día. Que solo cabía en su vida bajo ciertas condiciones.
La relación terminó como suelen terminar las relaciones secretas. Por un tiempo vagué con el corazón partido como no había vagado antes. Me fui a España. Viví en Córdoba gracias a una beca. Fueron meses duros, de aprendizaje. De algún modo volvimos a encontrarnos por Messenger. A mi regreso a Zacatecas retomamos una relación sin pies ni cabeza. Ella venía de romper un compromiso. Yo era un rebote. Compartíamos cama, deseo, mañanas rápidas y tardes que se repetían. Algo viejo parecía sanar y me enamoré.
Un día, antes del cumpleaños de su papá, ella no sabía qué regalarle. Me dijo que a su viejo le gustaba Pink Floyd. Entonces recordé el disco y fui con mi hermano. Le pedí el favor. Me preguntó si esa mujer era la buena. Y no sé por qué dije que sí.
Entró a su habitación, sacó el disco, me lo dio y me dijo «Siempre ha sido tuyo. Regálaselo».
Ella agradeció el gesto. A los pocos días, cuando le pregunté qué había dicho su papá sobre el obsequio, evadió la respuesta. Siempre pensé que un verdadero fan de Pink Floyd habría entendido el valor de ese objeto. Mi padre lo habría entendido. Nunca supe qué pasó con el disco.
Al poco tiempo terminamos.
Aun así, salí adelante.
Escribí. Viví.
Recuerdo que cuando me terminó por teléfono me dijo: «por favor no vayas a hacer una locura».
Le pregunté como cuál.
«Como colgarte de un puente».
Esa frase cerró algo para siempre.
Han pasado muchos años desde entonces. Es una historia que termino olvidando siempre. Tengo un matrimonio sólido. Un departamento propio. Una agencia que me permite vivir de mi trabajo y conocer gente de distintos lugares del mundo desde mi casa. Ya no soy ese joven inseguro, con miedo a no estar a la altura y a ser desechado. Que busca la validación hasta en la más mínima tarea. Me he convertido en un puente entre los deseos de mi clientes y su target.
A veces pienso en ese disco y me dan ganas de conseguirlo de nuevo, para devolverlo a mi hermano y vuelva a casa. No como reliquia ni como recuerdo de mi papá, sino como lo que siempre fue: un objeto que nos sostuvo cuando no había nada más que nosotros mismos.
Algunas pérdidas no se recuperan. Pero hay gestos que, con el tiempo, permiten ordenar lo que somos y hemos construido. Y esta historia habla de ello.