El conejo en el centro del imperio

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San Jacinto Mountain 2026 BLOG IAMJOELFLORES

A principios de febrero de 2026 miré por accidente el show de medio tiempo del Super Bowl. No soy admirador del futbol americano ni del reguetón. El primero me parece una coreografía militarizada; el segundo, una industria musical que muchas veces repite fórmulas. Sin embargo, después de verlo en una pizzería del pueblo montañoso de Idyllwild, California, debo admitir que me convertí en admirador de Bad Bunny.

No por su música —aunque su disco más reciente, Debí tirar más fotos, tiene un par de canciones que me devuelven al Caribe, a la humedad, a la piel que baila sin pedir permiso—, sino por lo que hizo con ese escenario en tiempos de tensión racial.

Benito Antonio Martínez Ocasio convirtió el espectáculo más estadounidense de Estados Unidos en un espejo incómodo. No levantó el puño con consignas explícitas. Bastó el cuerpo, la lengua, la coreografía y la escenografía.

Aquella tarde habíamos descendido de la montaña de San Jacinto —la segunda cumbre más alta del sur de California— después de diez horas y veinticuatro kilómetros de caminata. Tocamos cima, comimos mirando desde los cielos y regresamos antes de que oscureciera. Los pies dolían como si el suelo aún calara bajo las botas. Como siempre, bajamos a la pizzería que frecuentamos cuando subimos la montaña. Pedimos una cerveza. Esperamos la comida. En la pantalla, millones aguardaban el show desde Levi’s Stadium de Santa Clara.

El Super Bowl es una misa civil, una ceremonia del capital y un ritual donde la nación se reafirma frente a sí misma. Y, en medio de esa liturgia, apareció un puertorriqueño cantando en español ante un público formado en la hegemonía del inglés.

Eso, en sí mismo, ya es una oposición política.

Durante décadas, la diáspora latina en Estados Unidos ha vivido en tensión: necesaria para la economía como mano de obra, sospechosa para la política; celebrada cuando produce entretenimiento, cuestionada cuando exige derechos; y, en nuestros días, convertida en criminal por tener otro tono de piel y hablar en otro idioma.

El reguetón, nacido en barrios atravesados por la marginalidad y sincretismo urbano, llegó al centro del imperio sin traducirse. No hubo subtítulos. Todo fue en español y con ritmo caribeño.

El Levi’s Stadium coreó palabras en un idioma que, en ciertos discursos de poder, ha sido considerado como una amenaza cultural. El español se convirtió en lengua protagónica por quince minutos.

En ese suceso hay algo más que mercadotecnia. Hay memoria colonial. Puerto Rico es territorio estadounidense sin ser estado. Sus habitantes son ciudadanos sin representación plena. Ver a uno de sus artistas más populares en el centro del espectáculo dejó una imagen difícil de borrar en el contexto de las políticas antimigratorias impulsadas por la administración de Trump.

Mientras comíamos pizza y la cerveza bajaba el cansancio de la montaña, pensé en los campos agrícolas de California donde miles de trabajadores hablan el mismo español que esa noche retumbaba en el estadio. En los meseros, lavatrastes y cocineros que alimentan a miles de estadounidenses. 

La diáspora latina rara vez es representada desde su dolor. Se le suele mostrar como energía festiva, como color, como baile, como víctimas del crimen organizado o el crimen organizado mismo. Detrás del ritmo hay nostalgia, precariedad, discriminación y una boda como unión de culturas y la esperanza.

Bad Bunny lo insinuó con elementos que los latinos reconocimos en el escenario.

No hubo traducción. Se obligó a todo aquel que no hablaba inglés a entender las canciones para seguir el espectáculo.

En un país que debate muros, deportaciones y supremacías culturales, el espectáculo más popular abrió su escenario a una lengua que muchos siguen considerando ajena. El reguetón estaba en el centro del negocio más grande del entretenimiento deportivo.

Temblaban mis piernas cansadas por haber descendido del monte San Jacinto. Pensé que algo similar ocurría en la cultura estadounidense: la hegemonía también tiembla cuando lo que antes era marginal es colocado con festividad al centro.

A veces la oposición política es un beat que no necesita traducción. «Lo único más fuerte que el odio es el amor». 

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Retrato de Joel Flores, escritor y narrador mexicano

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