San Quintín no es una selfie

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Trabajadora de la pisca en San Quintín en un campo de cultivo de pepino

Cuando a finales de enero de 2026 vi a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, reprender a funcionarios de Baja California por pedirle una selfie en San Quintín, pensé en el polvo. En el agua salada. En las mujeres que recorren dos kilómetros diarios entre surcos de fresa. San Quintín es uno de esos municipios que el país recuerda en cadena nacional sólo cuando algo malo le sucede.

En 2019 una revista cultural de Ciudad de México me encargó un reportaje sobre la migración en el valle. Viajé con mis propios recursos junto a mi esposa. No fui a cubrir una crisis inmediata; fui a escuchar a quien quisiera platicar conmigo.

San Quintín forma parte de la carretera Transpeninsular que muchos observan desde la ventanilla rumbo a las playas del sur: malla sombra extendida como techo artificial, camiones escolares —alguna vez usados en zonas escolares de Estados Unidos— cargados de jornaleros al caer la tarde, viento que levanta tierra fina y la deposita en la garganta.

Aquel año entrevisté al poeta y supervisor agrícola Florentino Solano; a Gabriel Neri, director de la radio comunitaria XEQIN; y a Amalia Tello Torralba, migrante desde los nueve años, jornalera, activista y locutora.

Me hablaron de la diáspora que sostiene los campos más productivos de hortalizas del país. De contratistas que trasladan mano de obra desde municipios precarios del sur del país en camiones inseguros, donde también se trasladaba huachicol. De mujeres que se cubren el rostro para evitar los pesticidas y el acoso. De jornadas laborales de siete días. De liquidaciones irrisorias.

La economía del valle se sostiene con la migración proveniente de Oaxaca, Guerrero y la Mixteca. Por algo le llaman Oaxacalifornia. El apodo suena irrisorio hasta que uno entiende que nombra una diáspora forzada por la falta de oportunidades y por la violencia.

Esa tarde, Gabriel Neri me dijo algo que tardé en olvidar:

El valle no es un lugar donde la gente quiera morir. Lo ven como casa en renta.

Van, trabajan para obtener el salario que sus pueblos les niegan y regresan con la intención de sostener allá la vida que aquí no alcanzan a construir. Cuando inicia la zafra, vuelven otra vez y se internan en el mismo ciclo.

Esa idea explica parte del abandono estructural. Nadie invierte en el lugar que comprende como transitorio: ni el migrante, ni el empresario, ni el gobierno. Esa es la herida del valle, aunque toneladas de fresas crucen la frontera etiquetadas como producto de exportación impecable.

En 2019 el municipio carecía de banquetas, de plazas públicas, de infraestructura cultural suficiente y de hospitales que dieran abasto. Era un territorio estratégico para la cadena alimentaria de Norteamérica y, al mismo tiempo, periférico en la conversación nacional y la agenda del gobierno federal.

En las semanas previas al regaño presidencial, pobladores habían bloqueado tramos de la Transpeninsular para exigir atención a servicios básicos, transparencia en el manejo de recursos municipales y respuestas claras del Ayuntamiento encabezado por la funcionaria pública Miriam Cano. Las inconformidades no surgieron de un día para otro: se acumularon en calles sin pavimentar, en recolección irregular de basura, en atención médica insuficiente, en la sensación persistente de distancia entre el gobierno municipal y quienes sostienen la economía local.

En ese contexto, la búsqueda de una fotografía por parte de funcionarios públicos no es un detalle menor. Para muchos es la confirmación del distanciamiento entre los funcionarios públicos y los problemas reales de la población.

Entonces volví a pensar en el calor dentro de los invernaderos, en el agua salada, en las mujeres que avanzan cinco surcos por lado, cien metros cada uno, bajo plástico y pesticida.

A veces, mientras conduzco por la Transpeninsular, pienso que México es tan vasto que ninguna oficina de gobierno alcanza a abarcarlo del todo, sobre todo cuando las decisiones se toman lejos de donde el polvo se levanta.

En 2019, al apagar la grabadora en la Casa de la Mujer Indígena, Amalia Tello me dijo:

—Gracias por venir hasta acá.

Quien tenía que haberle agradecido era yo. Gracias por confiarme sus palabras.

Para pobladores de San Quintín, como Amalia, ir hasta allá implica atravesar el polvo y aceptar que el valle no es un episodio aislado, sino un sistema productivo sostenido por mujeres que trabajan siete días y vuelven a cocinar; por hombres (que tuvieron la fortuna de migrar a Estados Unidos) que envían remesas desde California; por jóvenes que dudan entre quedarse o regresar al pueblo que sus abuelos les piden no abandonar.

San Quintín es el corazón invisible de una economía que el país rara vez mira de frente. La foto dura un instante; el surco, en cambio, amanece todos los días y vuelve a esperar.

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SOBRE EL AUTOR
Retrato de Joel Flores, escritor y narrador mexicano

Joel Flores escribe historias que destacan por su profunda conexión con la realidad mexicana. Leer más ➡

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