Durante mucho tiempo creí que escribir dependía del lugar. Pensaba que una buena historia necesitaba una habitación silenciosa, una biblioteca bien iluminada o un escritorio donde nadie interrumpiera el trabajo. Después de vivir en distintas casas y escribir en ciudades diferentes, descubrí algo más complejo: los espacios ayudan, pero rara vez resuelven el problema principal.
La verdadera dificultad consiste en cruzar esa frontera invisible que separa la vida cotidiana del momento en que una historia comienza a tomar forma.
Con los años, he escrito en la casa de mi madre, en departamentos compartidos, en cafeterías, bibliotecas, aeropuertos, salones de clase y habitaciones prestadas. También he descubierto que antes de sentarme frente a una página suelo repetir pequeñas acciones que no forman parte de ningún método. Preparar café, regar una planta, caminar unos minutos, releer el último párrafo escrito la noche anterior. Ninguna garantiza que las palabras lleguen, pero todas parecen decirle al cuerpo que ha llegado la hora de trabajar.
No soy el único.
Detrás de muchos libros existen rituales tan extraños como las propias historias que los escritores intentan contar. Algunos parecen supersticiones. Otros, son actos de disciplina. Algunos más rozan la obsesión. Sin embargo, todos persiguen el mismo objetivo: construir las condiciones necesarias para que aparezca una voz.
John Cheever, por ejemplo, se vestía cada mañana con traje y corbata para salir de casa. Dejaba a sus hijos en la escuela y se despedía de ellos como cualquier empleado de oficina. Después caminaba hasta una habitación que rentaba cerca de su departamento, se quitaba el traje y escribía durante horas. Al terminar la jornada volvía a vestirse para recoger a los niños. Siempre me ha parecido una imagen extraordinaria. Como si el escritor y el oficinista fueran dos personas distintas obligadas a compartir el mismo cuerpo.
Ernest Hemingway tenía otras estrategias. Cuando una novela se resistía o una historia parecía agotarse, regresaba a los libros que lo habían acompañado durante años. Volvía sobre sus lecturas para recordar el camino recorrido. Como quien consulta un mapa antiguo antes de internarse otra vez en territorio desconocido.
Haruki Murakami encontró su ritual lejos del escritorio. Corre varios kilómetros casi todos los días. En su libro De qué hablo cuando hablo de correr explica que la disciplina física le permite sostener la disciplina mental que exige una novela. Mientras corre, ordena ideas, escucha el ritmo de las frases y despeja el ruido que suele acumularse en la cabeza.
También existen rituales menos visibles. La escritora británica Virginia Woolf defendía la necesidad de una habitación propia para escribir. No hablaba únicamente de cuatro paredes y una puerta. Hablaba de un espacio mental protegido del ruido ajeno, de las obligaciones cotidianas y de las expectativas de los demás. Su habitación era, en realidad, una forma de libertad.
Algo parecido sucede con Toni Morrison. Durante muchos años escribió de madrugada, antes de que sus hijos despertaran y antes de que comenzara la jornada laboral. En entrevistas explicó que observaba el amanecer con una taza de café en las manos y esperaba ese instante de transición entre la noche y el día. Ese momento se convirtió en su puerta de entrada hacia la escritura.
Con el paso de los años he dejado de pensar que estos rituales son simples rarezas. Hoy sospecho que todos intentaban construir una habitación invisible. Un espacio que no estaba necesariamente en una casa, una biblioteca o una oficina, sino dentro de ellos mismos. .
Tal vez por eso la escritura termina acompañándonos a cualquier lugar.
He conocido personas que sólo pueden escribir en silencio absoluto y otras que necesitan el ruido constante de una cafetería. Algunas trabajan de madrugada. Otras prefieren las primeras horas de la mañana. Hay quienes necesitan caminar. Otros escuchan siempre la misma música. Ninguno de esos métodos garantiza un buen texto. Lo único que hacen es tender un puente entre la vida y la página. La nada y la palabra.
Pienso en ello ahora que vuelvo sobre los lugares donde he escrito a lo largo de los años. La cocina de la casa de mi madre. Los OXXOS donde corregía cuentos. La biblioteca de Córdoba. Los trayectos en metro de la Ciudad de México. El comedor del departamento donde terminé algunos libros y donde hoy escribo estas líneas, mientras me preparo para una nueva mudanza.
Durante mucho tiempo creí que las historias podían escribirse en cualquier parte. Sigo creyéndolo.
Lo que he aprendido después es que cada escritor termina construyendo, a su manera, una habitación invisible. Un lugar portátil hecho de costumbres, lecturas, recuerdos y pequeños rituales. Un espacio que viaja con nosotros de una casa a otra y que, cuando tenemos suerte, nos permite sentarnos frente a una página en blanco y comenzar de nuevo. Siempre comenzar de nuevo.