En esta casa creemos en la salud mental
En esta casa creemos en la salud mental y, desde hace años, cada que se me aflojan las emociones, acudo con mi terapeuta. Gracias a su profesionalismo y mi responsabilidad, suele darme de alta cada que me ve ajustado. No obstante, desde hace dos años me pidió una tarea que me parecía inmensa, lejana, por no decir imposible. Escribir una carta a mi niño interior.
Luego de años, de darle vueltas al asunto, porque con el sólo hecho de llamarle carta a mi niño interior, evadía la tarea y me dedicaba a escribir otras cosas. La carta la escribí hace unos meses, se quedó guardada en la computadora, casi olvidada, para ser redescubierta el día de hoy. La comparto aquí como un agradecimiento a mi terapeuta (él sabe quién es) y a Alejandro Zamora, que me recomendó, casi como si fuera una obligación, leer The Myth of Normal, de Gabor Maté, un libro que no tardaré en reseñar por aquí.
Sin más, aquí va la carta.
Para mi niño interior, algunas palabras desde la gratitud y el reencuentro
Hay un niño sentado en un escalón de concreto. Tiene ocho años y espera a su papá en las escaleras del edificio. Cada vez que escucha el motor de un carro, mira la puerta del cancel. Su papá le prometió que iría por él a las diez de la mañana, después de enterarse de que su mamá lo había echado de la casa. Pero eran casi las once y la camioneta no aparecía.
No hacía ni dos meses que sus padres se habían divorciado. Y, aunque no fueron una familia feliz, tras la separación el niño empezó a sentirse fuera de lugar: en la escuela, en el barrio, en su propia casa. Creía que era parte del problema entre sus padres y le dolía ver cómo sus compañeros sí tenían un papá y una mamá en las reuniones del colegio.
Su mamá lo había echado por un pleito solucionable. Pero en tiempos de divorcio las soluciones suelen tardar o no llegan nunca. Su papá le prometió llevárselo a vivir con él, aunque eso significaba llevar otra boca que alimentar a casa de la abuela. Y la abuela no estaba muy contenta dándole asilo al hijo.
De sus pocas pertenencias, el niño solo rescató lo que su papá le había regalado: lápices, hojas de papel y plumones. Objetos que cuidaba como si fueran su único patrimonio. Por aquellos años soñaba con ser ilustrador y pasaba las tardes dibujando.
Pasaron las once y su papá no llegaba. Aunque el niño estaba cansado de esperar, se aferraba a la idea de que el hombre cumpliría su promesa. Porque las promesas de los padres no se rompen. Pero pasó media hora más y lo único que sintió fue una mano sobre el hombro, era de su hermano (alguien que jamás lo abandonaría), le pidió que se levantara y volviera a la casa. Aceptó el gesto, pero no pudo evitar sentir que algo dentro de él se rompía.
Con el tiempo, ese vacío se convirtió en tristeza. Luego en enojo. Al final, en miedo.
Un miedo incomprensible que aparecía en los momentos más inoportunos. En un partido de básquetbol, cuando tenía la última oportunidad de hacer ganar a su equipo. En un examen de una materia que dominaba. En una nueva amistad, donde el miedo a encariñarse lo hacía retroceder. Y, en algunas ocasiones, al buscar tener una relación con las mujeres, no se sentía merecedor de su belleza.
Ese miedo lo frenó muchas veces. Le impidió cumplir proyectos, lo alejó de sueños que deseaba tener. Se peleó consigo mismo, con los otros. Se convirtió en un saboteador silencioso, en un eco que le decía que no era suficiente.
Durante su juventud, sus inseguridades saltaban de su malhumor como espinas. A veces, una palabra de aliento le parecía sospechosa, un gesto de cariño le daba vértigo. ¿Y si lo abandonaban otra vez? ¿Y si él no era suficiente? Mejor no intentarlo, mejor cerrar la puerta antes de que lo dejaran afuera.
El niño creció y no sabe exactamente cómo sobrevivió con ese miedo. Y, aunque es difícil sanar lo que no tiene nombre, confió en sí mismo y buscó personas que le dieran cobijo.
Su padre desapareció de su vida. Su madre siguió adelante. Sus hermanos también. Pero él se aferró a crecer y a respirar.
Y lo logró.
Por eso hoy te digo: no tengas miedo.
Los miedos irracionales tienen origen y son terribles porque los engendras y los racionalizas hasta que parecen interminables. Pero así como los creaste, también eres capaz de deshacerlos. Eres más fuerte que eso. Si sobreviviste un abandono, eres capaz de sobrevivir cualquier cosa.
Porque eres tú.
Porque te has salvado tú solo y te has dejado ayudar por los otros. Lo digo con certeza. Yo era ese niño sentado en el escalón de concreto, que sintió miedo y vacío, y se convirtió en el hombre que hoy recibe amor y lo devuelve.
Hoy sé que aquel niño, que nunca soltó sus lápices y papeles, no estaba condenado a marchitarse. Era una semilla en medio del desierto. Una flor de nopal cargada de resiliencia, que aprendió a crecer entre espinas y bajo el sol inclemente. Y si hoy florezco, es porque ese niño jamás dejó de luchar por la vida.
Con los años entendí algo más: mi papá no me abandonó por maldad, sino porque él también fue abandonado. Nunca tuvo las herramientas ni la claridad para romper con lo que a él mismo lo hirió. Porque hay patrones que se heredan cuando nadie nos enseña a hacer las cosas de otro modo.
Pero yo sí pude liberarme de esos patrones. Y abrazo a ese niño porque salvó al hombre que soy ahora. Y yo, en gratitud, seré el hombre que siempre cuidará de él. Le enseñaré que las promesas sí pueden cumplirse. Que el abandono no es un destino, sino una sombra que podemos dejar atrás. Y que, juntos, podemos caminar y correr hasta que se nos acabe el aire, pero con la certeza de que nunca más estaremos solos.
Si alguna o alguno de ustedes cree que tiene cuentas pendientes con su yo del pasado, escribir una carta puede ser una herramienta ideal para aligerar muchas cargas emocionales.
No hay prisa. No hay un formato correcto.
Sólo se necesita tiempo y la disposición para mirar a ese niño o niña que, a pesar de todo, decidió seguir adelante y está allí, como una línea imborrable.