“1995”: Franco Escamilla y el arte de contarse con humor

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Franco Escamilla en el escenario durante el show 1995 en Tijuana

La narrativa como columna vertebral de la comedia

La semana pasada fuimos a ver 1995, el nuevo show de Franco Escamilla, en Tijuana. Y, como casi siempre, salí con una sonrisa cargada de memoria. Escamilla es un comediante que no sólo hace stand-up. Es un narrador de gran calibre disfrazado de comediante. Uno que ha entendido que el humor —el bueno, el que perdura— no está en el chiste suelto, en disfrazarse de abuelita ni en el gag gratuito, sino en la anécdota bien contada, en el ritmo y en la identificación con su público.

Si uno se pone de quisquilloso a desmenuzar las tramas narrativas, como si su show fuera un libro de relatos interconectado, Escamilla revienta una novela altamente estructurada sobre lo que es haber vivido en México en la gran década de los noventa.  

1995 nos toca a todos

1995 es un viaje hacia la adolescencia de Franco, y también, sin decirlo, hacia la de muchos de nosotros. Es una retrospectiva generacional contada a través de objetos, personajes populares de la época y con el desenfado de quien ya ha perdonado (o al menos ha hecho las paces con) sus propias torpezas. El título alude al año en que la vida del comediante dio un giro, no porque ocurriera algo extraordinario, sino porque fue cuando empezó a formarse la identidad del adulto que hoy lo cuenta todo en el escenario.

Y, además, es un entretenimiento que nos lleva a la época dorada de los que nacimos en los ochenta y sobrevivimos al nuevo milenio.

Lo que hace memorable este nuevo show no es únicamente su agilidad cómica —que la tiene—, sino su estructura narrativa. Franco es, ante todo, un excelente contador de historias y amo del plot twist. Cada fragmento de su vida se convierte en una escena, cada personaje (su esposa, sus hijos, sus amigos, su yo adolescente) es dibujado con precisión, y cada transición, entre una frase y otra, está calculada para mantener la atención y al mismo tiempo hacernos revolcarnos en la silla de las carcajadas.

Cabaretear con estilo

Pero lo que más asombra de Franco Escamilla es su cercanía con el público. En su famoso cabareteando no necesita disfrazarse de filósofo ni de crítico social para decir cosas que duelen o que nos interpelan. Pide permiso a su auditorio, lo escucha con un respeto que se desdobla en humor negro o ironía y, sin esfuerzos, los convierte también en personajes de su show. 

El comediante puede hablar de la pobreza, de la violencia doméstica, del fracaso o del abandono con un tono cálido, familiar, incluso cómico y, aun así, dejarte pensando en lo maravillosa que es la cultura mexicana. En 1995, como en otros de sus shows, uno se ríe, pero también se reconoce.

En tiempos donde el stand-up se ha vuelto una batalla por ver quién incomoda más o quién provoca más polémica, Franco opta por algo más difícil de lograr: ser ese amigo cómico que convierte, con naturalidad y oficio, nuestra bonita desgracia en una maravillosa comedia. No importa si lo has visto una, dos o diez veces: cada show es distinto y, sin importar cuántas carcajadas sueltes, siempre hay una que resuena más.

Al salir del veniu, algo ha cambiado. Sales de nuevo al mundo con cinismo, sí, pero también con risa, con la memoria encendida y —aunque suene cursi— con un poco más de amor por ti mismo y por los demás.

Bravo, Escamilla. Qué chingón es reír así.

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SOBRE EL AUTOR
Retrato de Joel Flores, escritor y narrador mexicano

Joel Flores escribe historias que destacan por su profunda conexión con la realidad mexicana. Leer más ➡

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