“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida.” — Henry David Thoreau
Algunos apuntes sobre Into the wild
Al terminar sus estudios de universidad en Emory University en 1990, un joven decide romper con todo lo que le habían heredado sus padres: dona sus ahorros a la caridad, abandona su automóvil en medio del desierto y quema los billetes que guarda en la cartera. Cambia su nombre por otro, Alexander Supertramp, y se lanza a la carretera como si el mundo fuera un libro abierto que sólo puede leerse caminando. Viaja sin mapas ni brújulas, se alimenta de trabajos ocasionales, recoge frutos silvestres, duerme en graneros y en playas, se ejercita y anota en un diario que su propósito es librarse de cualquier atadura que huela a compromiso con el consumismo.
Su destino final es Alaska, donde imagina que la pureza del paisaje le dará la libertad que la sociedad y la familia le negaron.
Esa odisea —hecha de libros subrayados, discusiones con los padres y encuentros fugaces con otros que lo comprenden como hijo, hermano o amigo provisional— culmina en un autobús oxidado, el “Magic Bus”, atrapado por el deshielo del río Teklanika. El caudal, que a su llegada había cruzado sin dificultad, ahora lo retiene como muralla viva y lo condena a no regresar.
En ese pedazo inmenso de naturaleza, Christopher McCandless muere a los veinticuatro años, consumido por el hambre y por sus propios sueños radicales. Antes de morir escribe una última revelación en el margen de un libro: “Happiness is only real when shared.” La frase, mezcla de epifanía y epitafio, convierte su aventura en una pregunta abierta sobre qué nos impulsa a huir, qué significa buscar la libertad y por qué, incluso quien reniega de la compañía humana, descubre al final que la felicidad exige al otro.
Los libros
En la mochila de McCandless viajaban Tolstói, Thoreau y Jack London. No eran solo lecturas de juventud, eran brújulas que él confundió con mapas reales. Subrayaba frases sobre la pureza y la autosuficiencia, se repetía que la soledad era el único camino a la autenticidad. Ignoraba, en cambio, las advertencias sobre la fragilidad humana frente al hambre y el frío, las herramientas claves de sobrevivencia en lugares remotos. Esa selección parcial de conocimiento transformó la literatura en dogma: lo que debía inspirar se convirtió en mandato. La pregunta inevitable es si la literatura, cuando se la interpreta al pie de la letra, puede llevar a la liberación o al precipicio. Más aún cuando se es joven y los sueños son un sol naciente que pocos argumentos pueden extinguir.
Los padres
Pero los libros no bastan para explicar la fuga de McCandless. En el origen estaba la herida: un hogar marcado por discusiones violentas y un secreto familiar que revelaba la doble vida de su padre. Frente a esa mentira, el gesto radical de donar sus ahorros y cortar todo contacto familiar fue, más que romanticismo, un ajuste de cuentas. Cada kilómetro recorrido era un paso para alejarse de un apellido que sentía como carga y, de paso, golpear las emociones de sus padres. El viaje a Alaska fue tanto un retorno idealizado a la naturaleza como una huida desesperada de la voz paterna. ¿Buscaba McCandless la comunión con el paisaje o el silencio absoluto de los vínculos familiares?
Los otros
Lo paradójico es que, en medio de esa huida, su presencia funcionó como paliativo para los demás. Con Jan y Rainey, los hippies errantes, se volvió hijo adoptivo y la chispa de una rebeldía que ellos habían gastado. En diálogos soterrados, uno se imagina que Jan lo miraba como el hijo que perdió y el que no podía tener con Rainey. Con Wayne Westerberg, el granjero, fue aprendiz confiable que trabajaba con entrega. Y con Ron Franz, el anciano viudo, encarnó la posibilidad de una familia tardía: la conversación donde Franz le propone adoptarlo es uno de los momentos más conmovedores y crueles de la historia de McCandless, porque el joven soñador responde con afecto al viejo Ron, pero también con la dureza de su misión. El muchacho, que huía de la familia, a través de su código de amistad y amor dejaba vínculos familiares fuertes en cada encuentro. La contradicción es clara: rechazaba los lazos y, sin embargo, los otros lo recordaron como hijo, amigo o nieto soñado.
El bus mágico
En Alaska, la naturaleza no lo recibe como amigo sino como destino. El autobús oxidado, refugio improvisado de obreros, se vuelve casa y sepulcro. El río Teklanika, que había cruzado sin esfuerzo en primavera, lo encierra en verano como una frontera imposible. Ese río es el umbral de la felicidad encontrada y, al mismo tiempo, la condena de no regresar. En el “Magic Bus” se cruzan los tres vectores de la vida de McCandless: los libros que lo empujaron a la pureza, los padres que lo expulsaron a la fuga, los otros que le ofrecieron compañía y a quienes dejó atrás. Allí, solo, anota que la felicidad solo es real si es compartida.
A 33 años de su muerte
A tres décadas de su muerte, he vuelto a ver la película de Sean Penn, Into the Wild, he escuchado con entusiasmo ese gran soundtrack que creó Eddie Vedder, y mi perspectiva sobre esa hermosa y cruel aventura de Christopher McCandless se dibuja en dos líneas que se contraponen.
Puedo entenderlo como un héroe de código radical, que representa todos esos sueños de juventud que pasaron por mi cabeza pero que no me animé a andar. Pero también lo comprendo como un joven imprudente que confundió metáforas con instrucciones. Si dejamos al margen esos juicios, su viaje sigue siendo espejo: nos obliga a preguntarnos por nuestras propias fugas, por lo que rechazamos y por lo que buscamos. Los libros, los padres y los otros fueron su herencia y su condena. El río y el bus fueron su frontera final. La frase que dejó escrita no es moraleja sino pregunta que configura las dimensiones de nuestra existencia: ¿qué sentido tiene la felicidad si no hay nadie a quien contársela?