Guillermo del Toro es, sin duda, uno de los mejores directores del cine de terror comercial. Sabe unir con sabiduría la complejidad humana con el arte. Quienes amamos las grandes historias de la literatura estamos en deuda con él luego de su adaptación de Frankenstein. En esta versión, el director convierte la obra de Mary Shelley en una meditación sobre la paternidad rota, la educación sentimental y el perdón.
Del Toro transforma el mito del monstruo en un drama íntimo: el del hijo que busca, entre las ruinas del mundo, al padre que lo creó y lo abandonó. Victor Frankenstein, más que un villano, es un hombre que carga, abrumado por su propio deseo de trascendencia, fallas de origen familiares como la extrema exigencia de un padre. Y, en su intento por dominar la vida, fabrica un cuerpo que, en apariencia, no cuenta con las habilidades humanas básicas, como nombrar y comprender el mundo con el lenguaje. Da origen a un ser que respira y muestra curiosidad por lo que lo rodea.
Cuando el hijo no encaja en el molde que su creador había imaginado, el padre decide expulsarlo al fuego. Y ese fuego —como en la Biblia o en los relatos de la guerra— no destruye. Expulsa al hijo al mundo exterior sin las herramientas para sobrevivirlo.
Lo que sigue es un viaje de orfandad y aprendizaje. La criatura, empujada a la intemperie, se enfrenta a la violencia del clima, de los cazadores, de los lobos. Hasta que encuentra, en una cabaña perdida, el amparo de un anciano ciego, quien le enseña lo que su padre no quiso: leer, convivir, pronunciar las palabras. A través de los libros —entre ellos El paraíso perdido de Milton— descubre que la palabra puede ser abrigo, espejo y condena, porque te orilla a mirar el mundo con los ojos de la duda y la búsqueda de la razón.
Ese episodio es uno de los más luminosos de la película: el hijo que aprende a hablar para comprender su soledad. Allí, Del Toro nos regala una ternura que desborda la trama original. El monstruo se vuelve humano no por su aspecto, sino por su necesidad de entender quién es y de dónde viene.
Cuando la criatura regresa al castillo destruido, no busca venganza, sino el sentido de su existencia. La ruina que encuentra es también la ruina de su padre: un laboratorio vacío donde se revela que el verdadero experimento no fue crear vida, sino buscar las razones necesarias para amarla.
Este pasaje es tan demoledor como cuando cualquier hijo regresa al lugar que lo vio nacer, un pueblo cualquiera y, al estar allí con más dudas que certezas, encuentra su árbol familiar en escombros. Y se da a la tarea de buscar entre las ruinas algún vínculo con los suyos.
En ese gesto —el hijo que vuelve al origen— Guillermo del Toro evoca distintas tradiciones literarias y culturales que han explorado la herida del abandono y la búsqueda del padre, sin limitarse a una sola raíz. Su Frankenstein habita ese territorio común: el desierto del abandono y el anhelo de reconocerse en quien le dio la vida.
A partir de este punto, la película continúa con su maestría visual y narrativa con naturalidad: una fotografía impecable en su manejo de la luz y los contrastes, una dirección de arte minuciosa que convierte cada escenario en una extensión del alma de los personajes, una banda sonora que acompaña sin invadir y un montaje que da ritmo a la emoción.
Quizá pudiera escribir que la parte final de la película es apresurada y que hay una dilación innecesaria en la historia inicial de Victor Frankenstein.
Pero opto por quedarme con lo siguiente.
Guillermo del Toro ha creado un relato sobre la ternura y nos recuerda que el mayor acto de creación no es dar vida, como se nos ha enseñado en muchos sistemas de creencias, sino sostenerla, a pesar de que venga de la misma muerte.