Una reseña sobre la duda, el trauma y un final abierto
Hay películas que avanzan hacia una revelación y otras que, desde el inicio, se instalan en la imposibilidad de alcanzarla. It Was Just an Accident, del director iraní Jafar Panahi, pertenece a este segundo tipo: no busca esclarecer una verdad, sino acompañar a sus personajes —y al espectador— en el desgaste de no poder confirmarla.
La premisa es sencilla, incluso extremadamente literaria. Un hombre cree haber encontrado a quien lo torturó durante su tiempo en prisión. No está seguro, pero la sospecha es suficiente para tomar cartas en el asunto. A partir de ahí, la película podría tomar el camino de una historia de venganza, pero Panahi decide el camino de la dilación y crea un hermoso thriller político. En lugar de estirar el arco narrativo a partir de certezas, lo hace desde la duda, que se expande conforme el protagonista intenta verificar aquello que intuye pero no puede demostrar.
Lo que sigue no es una investigación en el sentido tradicional, sino una serie de encuentros donde cada testimonio añade matices sin cerrar el problema. El protagonista, Vahid, decide consultar a otras víctimas de tortura para que le ayuden a averiguar si quien tiene secuestrado en la vagoneta es Eghbal, el torturador con una pata de palo. Nadie lo confirma del todo, pero tampoco descartan que sea él. Esa acumulación de voces no ordena la decisión de venganza; la vuelve más inestable y hasta caótica.
La película, entonces, no avanza hacia una resolución, sino hacia un punto donde los personajes, seres arrastrados por el dolor de haber sido torturados en un país por haberse resistido a las políticas de Irán, desnudan su trauma con reclamos hacia quien consideran es su verdugo ahora secuestrado.
En ese contexto, el dilema moral pierde su forma clásica. No se trata simplemente de decidir entre justicia o venganza, sino de actuar sin garantía de estar en lo correcto en un país donde la culpa y el perdón son más fuertes que la misma venganza. Cuando el protagonista opta por no matar, el gesto no tiene el peso de una redención ni la claridad de una absolución.
Esa misma lógica se extiende hasta el final. La última escena no ofrece una imagen que confirme lo ocurrido, sino un sonido: el arrastre de una pierna que remite al posible verdugo. No vemos a nadie. No hay verificación. La película termina, como los entrañables cuentos de Kafka, en ese umbral donde la percepción puede estar contaminada por la memoria, y donde resulta imposible distinguir con claridad si aquello que se escucha pertenece al mundo exterior o a la persistencia del trauma.
Lo interesante es que el film no plantea esta ambigüedad como un juego interpretativo, sino como una condición inevitable. La duda no es un recurso narrativo que se resolverá más adelante, sino el estado en el que los personajes viven y toman decisiones. En ese sentido, el final no abre una pregunta para ser respondida, sino que prolonga la experiencia de incertidumbre que la película ha construido desde el inicio.
Panahi es un director con muchas tablas, trabaja con una economía que evita subrayados innecesarios: los diálogos avanzan con cautela, los espacios son contenidos, y la puesta en escena se sostiene sin recurrir a mecanismos evidentes de manipulación emocional. Esa contención permite que el conflicto se mantenga en un registro íntimo, donde lo que está en juego no es solo la identidad del posible verdugo, sino la manera en que el protagonista se relaciona con su propio pasado.
Al final, lo que permanece no es tanto la pregunta sobre si el hombre era o no quien decía ser, sino la sensación de que, incluso después de haber decidido, algo no se ha resuelto. La película sugiere que ciertos actos —como perdonar o dejar ir— no necesariamente transforman la experiencia que los originó. El pasado no desaparece; cambia de lugar, se filtra, reaparece de otras formas.
Por eso el cierre de la película resulta tan eficaz. No porque deje todo en el aire, sino porque se mantiene fiel a la lógica interna de la historia: en un mundo donde la verdad no puede confirmarse del todo, cualquier final definitivo sería una concesión.
It Was Just An Accident, del director Jafar Panahi, es una película recomendable, que merece estar en la lista de las mejores películas del 2026.
¿De qué trata It Was Just an Accident?
La película sigue a un grupo de ex presos políticos que intentan confirmar si el hombre que han secuestrado es quien los torturó en prisión. A partir de esa sospecha, la historia se desplaza hacia un terreno moral donde la certeza nunca llega y la decisión se vuelve inevitable.
¿Quién es Vahid en la película?
Vahid es el personaje central, un sobreviviente de tortura que cree haber encontrado a su verdugo. Su conflicto no es solo identificarlo, sino decidir qué hacer con esa posibilidad cuando no puede comprobarla.
¿Por qué el final es ambiguo?
El final evita mostrar una resolución clara y se construye a partir de un sonido que puede interpretarse de dos formas: como el regreso del verdugo o como la persistencia del trauma en la mente del protagonista. La ambigüedad no es un truco narrativo, sino la consecuencia lógica de una historia basada en la incertidumbre.
¿Qué hace diferente a It Was Just an Accident de otras películas?
A diferencia de muchos thrillers, la película no busca resolver su conflicto central. En lugar de avanzar hacia una verdad, se sostiene en la duda, en la fragilidad de la memoria y en la imposibilidad de verificar el pasado.
¿Cómo fue filmada It Was Just an Accident?
La película fue realizada de manera clandestina en Irán, sin permisos oficiales y bajo el riesgo constante de intervención por parte de las autoridades. (writersmosaic.org.uk)
El propio Jafar Panahi ha trabajado durante años bajo prohibiciones para filmar, lo que lo ha llevado a desarrollar métodos de producción discretos y de bajo perfil. (abc.net.au)
¿Por qué Jafar Panahi tuvo que filmar en secreto?
El director ha sido crítico del gobierno iraní y ha enfrentado arrestos, prohibiciones para filmar y restricciones de movilidad. Debido a esto, sus películas suelen realizarse fuera del sistema oficial, evitando censura y supervisión estatal. (moviecricket.net)
¿Qué riesgos enfrentó el equipo durante el rodaje?
El rodaje implicó riesgos reales: autoridades llegaron a intervenir el set, hubo presión para entregar el material grabado y parte del equipo enfrentó amenazas de arresto. (thebeverlytheater.com)
Además, el equipo tuvo que trabajar con un grupo reducido, filmar en locaciones discretas y adaptarse a interrupciones constantes durante la producción. (lemonde.fr)
¿Se puede considerar una película ilegal?
Sí. La película forma parte de lo que se conoce como cine clandestino iraní: producciones realizadas sin autorización del Estado, fuera de los canales oficiales y, en muchos casos, sacadas del país de manera discreta para su exhibición internacional. (writersmosaic.org.uk)