Un gran encanto y hasta un dejo de tristeza tienen los lugares que hemos habitado y, después, dejaremos por cualquiera que sean las razones. Aunque aún no hemos iniciado la mudanza, no puedo dejar de preguntarme cómo va a ser vivir en otro lado. Y no se trata de incertidumbre. Es más bien el apego a un espacio donde echamos raíces, recibimos amigos y creamos proyectos.
Pienso en eso mientras camino por el pasillo. Lo hago como quien recorre un sitio conocido y, al mismo tiempo, comienza a despedirse de él. La cocina donde tomamos decisiones importantes. La sala donde celebramos algunos triunfos y soportamos otros momentos menos afortunados. El pequeño espacio donde las plantas crecieron junto con nosotros. El escritorio donde escribí artículos, cuentos, proyectos, postulaciones y páginas que, con suerte, encontrarán algún día a sus lectores.
Cuando llegamos aquí no imaginábamos todo lo que ocurriría dentro de estos muros. Ningún departamento viene acompañado de una lista de futuros. Uno recibe unas llaves y comienza a llenar los espacios vacíos con libros, fotografías, muebles y costumbres. Después, sin darse cuenta, también los llena con conversaciones, preocupaciones, alegrías, pérdidas y esperanzas.
He pensado mucho en los lugares donde he vivido. En la casa de mi madre, en las habitaciones prestadas, en los departamentos compartidos, en las ciudades donde escribí algunos de mis libros. Durante años creí que éramos nosotros quienes transformábamos las casas. Ahora sospecho que ocurre también al revés. Los lugares terminan modificándonos. Nos enseñan maneras distintas de mirar por una ventana, de conversar con nosotros mismos y con los otros.
Tal vez por eso las mudanzas tienen algo de despedida. No sólo dejamos atrás una dirección. Dejamos una versión de nosotros mismos que existió allí. El hombre que llegó a esta casa no es exactamente el mismo que hoy empieza a imaginar cajas de cartón apiladas junto a los libreros. Entre ambos quedaron años de trabajo, aprendizajes, viajes, amistades, proyectos compartidos y nuevas certezas.
Mientras recibimos a las personas interesadas en rentar este espacio que poco a poco dejamos de habitar, pienso. Aquí escribí buena parte de los textos que hoy forman este blog. Aquí nació un podcast. Aquí recibí noticias de algunos premios obtenidos. Aquí recibimos clientes, planeamos viajes, celebramos contratos, corregí manuscritos y vi crecer plantas que llegaron siendo poco más que una rama o un puñado de hojas.
También aquí atravesamos días difíciles, porque ninguna casa protege a sus habitantes de las pérdidas, preocupaciones o de las tormentas emocionales. Pero incluso esos momentos terminan formando parte de la historia de un lugar. Cuando se van las personas que vienen interesadas en rentar este espacio, me pregunto: ¿ellos se imaginarán todo lo que sucedió aquí?, ¿ellos también cargan con las mismas ilusiones que nosotros cuando compramos este lugar?
Las mudanzas también contienen una promesa. La posibilidad de empezar otra vez sin renunciar a lo vivido. Porque uno no abandona del todo los espacios que amó. Se los lleva consigo de formas misteriosas: en una fotografía olvidada dentro de un libro, en una marca sobre la mesa del comedor, en la memoria de una tarde cualquiera que parecía insignificante y terminó quedándose para siempre.
Todavía faltan algunos días para cerrar esta etapa que nunca pensé vivir. Las plantas siguen en su lugar. Los libros continúan en los libreros. La mesa conserva las huellas de tantas jornadas de trabajo. La casa sigue siendo nuestra y nosotros seguimos siendo de ella.
Pero algo ha comenzado a moverse.
Y mientras observo las habitaciones que pronto dejaremos atrás, pienso que crecer consiste en aprender a despedirse con gratitud de los lugares que nos ayudaron a convertirnos en quienes somos, para después abrir la puerta y continuar el camino.
A este departamento le debo la poca o mucha madurez que un hombre común, como yo, ha recibido. Ya es parte de mi memoria doméstica.