Desde que doy clases de Comunicación, me he fijado algunos objetivos claros. Uno de ellos es ampliar la percepción del mundo de mis estudiantes a través de la adquisición de nuevas palabras. Mi proyecto ha surtido efecto en varias alumnas y alumnos, que con la marcha del tiempo se han convertido en colegas que me han enseñado la importancia de la docencia.
Una de las palabras claves que suelo poner sobre la mesa es la que la socióloga española, Adela Cortina, acuñó cuando ingresó un gran número de migrantes de distintas partes del mundo a la península ibérica. Aporofobia significa, según los diccionarios en internet, «miedo, rechazo y hasta aversión a la pobreza«.
Pero ¿cómo se manifiesta la aporofobia en nuestro mundo?
En Tijuana solemos ser bendecidos con los movimientos migratorios masivos. Cientos, quizá miles de seres humanos que han sido desplazados de sus lugares de origen llegan a la frontera más transitada de México con el deseo de cruzar a Estados Unidos y enderezar la vida que les ha tocado vivir.
Llegan huyendo con muchos sueños en su espalda.
Y un gran camino de incertidumbre frente a ellos.
Esas personas que han viajado, casi siempre caminado, cientos de kilómetros, suelen ser vistos como el símbolo de la disfuncionalidad de sus países de origen y denostados como si ellos representaran el crimen, la corrupción y hasta la impunidad del país del que huyen.
Somos las palabras que expresamos
Alguna vez un alcalde de Tijuana dijo que “los derechos humanos eran para humanos derechos”, al referirse a la alta ola migratoria de centroamericanos y caribeños que estaban llegando a Baja California y, con esfuerzo y poco dinero, luchaban por instalar una casa de campaña frente a la línea divisoria entre México y Estados Unidos, y conseguir trabajo y alimento.
Su declaración es aporofóbica en todo el significado de la palabra: promueve la desigualdad y se niega a integrar a los migrantes bajo las mismas leyes y oportunidades que la comunidad tijuanense, es decir, invita a que sean vistos como invasores que no pertenecen a nuestro territorio.
La aporofobia suele darse con otros ejemplos
Alguna vez, mientras esperaba en un salón de belleza mi turno para cortarme el cabello, una de las empleadas del lugar gritó a todo pulmón: “Ahí vienen los africanos, cierren la puerta”. Yo pensé que se trataba de una banda de asaltantes que era llamada así. Los Africanos. Pero en realidad eran un par de haitianos jóvenes que buscaban cortarse el cabello.
Sorprendido, desde mi asiento me pregunté: ¿cómo explicarle a esa chica que esos jovencitos han sufrido una gran travesía para llegar hasta Baja California, un viaje que se origina con el desplazamiento forzado en Haití, que involucra el cruzar una de las fronteras más peligrosas de mundo, como lo es el Darien Gap, y otras más donde sobresale la discriminación, el abuso de poder de las autoridades migratorias y de los grupos criminales?
Al final, la empleada les dio un lugar en la agenda. Los haitianos, al entender cómo se mueven los hilos en Tijuana, le dejaron una buena propina y le agradecieron.
Los artículos informativos que han salido de mis clases de Comunicación me han emocionado y hecho ver que la labor de un maestro también es la del divulgador: divulgamos, a través de ejemplos, etimologías y conceptos, herramientas para ser más empáticos y bondadosos en nuestro ecosistema.
En una frontera tan complicada, como la de Tijuana, erradicar la aporofobia es necesario. Es una manera de cohabitar el espacio y no vivir en continua lucha pugna con el otro.
¿Cómo evito la aporofobia en el lugar donde vivo?
Si quieres unirte a esta generosa intención, te invito a quitar de tu vocabulario frases o palabras que podrían dañar emocionalmente a los otros:
“Nomás vienen a quitarnos el trabajo.”
- Por qué evitarla: refuerza un mito falso sobre la competencia laboral y deshumaniza a los migrantes, ignora sus aportes económicos y culturales.
“Son una carga para la ciudad.”
- Por qué evitarla: estigmatiza a los migrantes como problemáticos o inútiles, sin considerar las condiciones que los llevaron a migrar o las contribuciones que pueden hacer.
“Que se regresen a su país.”
- Por qué evitarla: minimiza las razones complejas que los obligaron a salir de sus lugares de origen, como la violencia, la pobreza o el terricidio.
“Solo traen problemas/crimen/drogas.”
- Por qué evitarla: asocia automáticamente a los migrantes con actividades ilegales, reforzando prejuicios y discriminación.
“Están ensuciando la ciudad.»
- Por qué evitarla: criminaliza la pobreza visible en las calles y perpetúa el rechazo hacia las personas vulnerables.
“Si no tienen para comer, ¿para qué vienen?”
- Por qué evitarla: desestima la desesperación y la lucha por una vida mejor, juzgando desde un lugar de privilegio.
“Ya hay demasiados, no cabemos todos.”
- Por qué evitarla: sugiere que los migrantes son invasores y fomenta un discurso de exclusión en lugar de empatía.
“Solo vienen a usar los servicios públicos.”
- Por qué evitarla: ignora que los migrantes también contribuyen con impuestos y busca justificar la discriminación institucional.
“Son una plaga.”
- Por qué evitarla: deshumaniza, equipara a los migrantes con una amenaza biológica o social.
“Los que se quedan aquí nomás están de vagos.”
- Por qué evitarla: ridiculiza y culpabiliza a quienes no logran cruzar la frontera o establecen su vida en la ciudad.
Alternativas para un lenguaje preocupado por comprender al otro:
- Usa preguntas abiertas para comprender las historias de los viajeros:
- “¿Qué te llevó a migrar?”
- “¿Cómo podemos ayudarte en esta etapa?”
- Reconoce el valor y dignidad de cada persona:
- “Tod@s merecen respeto y oportunidades, sin importar su situación.”