Entre la fe, la política y la negociación
Siempre lo he pensado: participar en concursos literarios es un salto de fe. Pones en manos de tres lectores el trabajo por el que te has esforzado durante meses o años y, en muchas ocasiones, el resultado no es favorable. Lo peor es que rara vez sabes por qué. A veces no se elige al mejor texto, sino al que logró pasar entre los gustos encontrados de quienes evalúan. Porque elegir un cuento ganador depende del temperamento, del estado de ánimo, del nivel de compromiso ético o incluso del monto que se paga. Depende, también, de si ese jurado está dispuesto a defender su mirada literaria ante los otros, que llegan con el mismo arrojo para luchar por la suya. Y en ese estira y afloja se llega a consensos que muchas veces no reflejan excelencia, sino negociación.
No faltan historias así. He sabido de casos donde uno de los jurados conoce a una de las personas participantes y, por esa red de afectos y lealtades que atraviesa todo en este país, empuja su decisión hasta que logra imponerla, incluso encima de mejores trabajos. En otros, jurados que no leen, que aceptan el encargo solo por el pago, y que reparten recomendaciones por llamada, con tal de acelerar el proceso y aligerar la carga.
Leer como si fuera mi propio texto
Las pocas veces que he aceptado ser jurado, lo hago como a mí me gustaría ser leído: con rigor, con respeto y con una crítica férrea, pero bien fundamentada. Veo esta encomienda como si se tratara de un nuevo proyecto en la agencia: alguien confía en mí. Alguien pone su trabajo (incluso sus sueños) en mis manos. Y eso es sagrado. Leo con ética porque sé que detrás de cada cuento hay una persona que apostó por su vocación, que decidió exponerse, que espera —en silencio o con ansiedad— una respuesta.
Entre mayo y junio de este año, fui jurado en un concurso al que le tengo especial cariño y del cual, por respeto a la organización y a los participantes, no diré el nombre. Para hacer frente al volumen de textos y mantener claridad en el juicio, diseñé una tabla de evaluación que desglosa los elementos clave del relato: la eficacia de la primera escena, el conflicto, la estructura, el manejo del lenguaje, las atmósferas, la coherencia narrativa, el peso del final y la configuración de los personajes. Esa herramienta me ayudó a ser justo, a separar la impresión subjetiva del análisis técnico, y a detectar no solo el talento, sino la solidez del trabajo narrativo.
Alguna vez leí o escuché, que hubo tres jurados que vivieron un encontronazo digno de ser narrado. El primero, apostaba por lo impecable del estilo. El segundo, por el artificio. El tercero, por la historia y como ella lograba ofrecer un pedazo de experiencia que puede cambiarte la manera de ver el mundo. Por supuesto, yo apoyo el tercer tipo de jurado, pero sin dejar al margen los otros elementos que hacen a un cuento casi una pieza perfecta.
El reencuentro con la lectura creativa
Leí ochenta cuentos. Y eso, en sí mismo, fue un acontecimiento. Tenía alrededor de cuatro años sin leer literatura de manera tan atenta. Mis proyectos personales y una especie de desintoxicación voluntaria me condujeron a otros caminos: antropología, medicina, botánica, psicología, mercadotecnia y, sobre todo, a tener trato por llamada o en persona con personas que nada tienen que ver con la literatura, pero que te enseñan más que el aislamiento de estar leyendo siempre literatura. Regresar a leer cuento, pero escrito por narradoras y narradores jóvenes, fue como si Dorian Gray mirara su rostro marchito en el espejo y, de pronto, se le borraran los años. Volví a reconocerme lector.
Las voces jóvenes que leí este año no repiten fórmulas, no buscan impresionar con fuegos artificiales. Tienen lo que más me importa en la narrativa: claridad, deseo, intuición, capacidad de síntesis, oído y asombro. Leí cuentos que respiran sano, que apuestan por lo literario sin solemnidad, que entienden el relato como un arte. Me conmovieron y me devolvieron la fe a una profesión a la que dediqué mi juventud.
El cuento joven en México respira bien
Elegir a los ganadores fue un proceso largo y exigente, en el cual tuve que leer una y otra vez mis notas escritas en la tabla de evaluación, para comparar y decidir. De mis 15 seleccionados, dejé afuera varios cuentos valiosos. No voy a mentir, pero si yo fuera editor de este concurso literario, si tuviera el tiempo y el recurso económico, ya habría hecho, al menos con esos 15 cuentos y otros 5 más, una antología poderosa del relato joven. Con un prólogo que destacara las razones de su publicación y el estado que atraviesa la literatura hecha por jóvenes hoy en día en el país. Pero no soy editor, ni tengo el tiempo por ahora de hacerlo y los planes que tienen las organizadoras de este concurso son más valiosos todavía.
Al final, frente a los (las) colegas jurados, llegamos a decisiones aceptables y pude colar a quienes mi formación como lector me exigía debían estar en los primeros lugares. Más allá del resultado, salgo de esta experiencia con una certeza: hay futuro en la literatura mexicana. Está en marcha, está escribiéndose y se escribe bien. Puedo cerrar esa tabla de evaluación tranquilo e irme a caminar a la montaña.