Del 2 al 7 de septiembre hice diecisiete viajes en bicicleta en San Francisco. No fueron trayectos medidos con cronómetro ni con la ansiedad de batir récords. Fueron recorridos dispersos por la ciudad, como quien se deja llevar por la intuición y la curiosidad. Andar en dos ruedas me permitió escapar del tráfico, moverme ligero y entender la bahía desde la cadencia del pedaleo.
San Francisco es un reto para las piernas. Sus pendientes prolongadas suelen intimidar a cualquiera que intente enfrentarlas a pulso. Ahí entra en juego Bay Wheels, con sus bicicletas eléctricas que suavizan la cuesta, vuelven amable el esfuerzo y convierten lo imposible en paisaje cercano. La asistencia es discreta pero decisiva, sobre todo cuando uno atraviesa Union Street o se atreve a subir Columbia Avenue con la bahía al fondo.

La dicha del pedaleo eléctrico
En cada trayecto aparecieron lugares emblemáticos: el Ferry Building, Market Street, los muelles donde el olor a mar se confunde con el café de la mañana. Pedalear los vuelve distintos, porque la ciudad cambia a un ritmo humano, sin la prisa del automóvil ni la lentitud de la caminata, siempre necesaria e idónea para la reflexión. La bicicleta se convierte en punto intermedio, exacto para escuchar conversaciones sueltas, sentir el aire frío en la cara o detenerse en cualquier esquina a tomar una fotografía y, después, pedalear.
Me gustó el decorado de las bicicletas Bay Wheels. Son visibles a distancia, se integran al paisaje urbano sin perder identidad. Y agradecí que en cada dock hubiera varias esperando. Una rareza, porque en otras ciudades, donde el sistema suele fallar en lo más simple, tener bicicletas disponibles. Esto pasa mucho en Boston o Ciudad de México.
Pero son los costos, muy bajos, por cierto, de conocer la ciudad en bici.

Comparaciones inevitables
He usado servicios similares de renta de bicicletas en Ciudad de México, Boston y Vancouver. Cada uno tiene su encanto y sus carencias. Vancouver ofrece paseos hermosos junto al Seawall, aunque las subidas terminan por castigar las piernas y su servicio no se extiende después del Cambie Bridge hacia el lado sur de la ciudad. Por su lado, Boston obliga a lidiar con el frío y con calles estrechas, donde las bicicletas muestran más desgaste que cuidado. Pero se agradece el casco. La mayoría de los docks cuenta con algunos en la misma canasta de las bicicletas. En Ciudad de México, el caos vial convierte al ciclista en un superviviente antes que en un viajero. En San Francisco Bay Wheels parece haber entendido el carácter de su ciudad y puso en manos de cualquiera una bicicleta capaz de domar colinas.
Llegados a este punto, el servicio de Bay Wheels se debate entre el primero y segundo lugar en servicio con Vancouver. De esto hablaré en otro artículo.
La ciudad desde el sillín
Diecisiete viajes bastaron para descubrir que Bay Wheels es un acceso distinto a San Francisco. Pude conocer Chinatown y comer dumplings; Japantown y comer un grandioso ramen; Embarcadero y comer patas de cangrejo; North Beach y comer una pizza estilo New York.
Al pedalear, uno entiende que las calles cambian de rostro en cada pendiente, que la bahía no se observa igual desde el asiento de un auto que desde el manubrio de una bicicleta, que recorrer Market Street o el Embarcadero en dos ruedas es otra forma de leer la ciudad.
El viento que de las colinas, el frío que se cuela en la tarde, el olor de los puestos improvisados, los transeúntes que siguen su camino sin sorprenderse, muchos de ellos latinos gritando en español. Todo cabe en un trayecto y se guarda en la memoria de quien pedalea.
Así uno como con ganas y quema calorías en cada pedaleada.
Cuando uno se sube a una bicicleta y repite diecisiete viajes en menos de una semana, la experiencia cambia de dimensión. No se trata de llegar más rápido ni de ahorrar pasajes, se trata de mimetizarse con el espacio, comprenderlo con el cuerpo. Cada pedaleo suma una postal íntima y un recuerdo que uno se va a llevar a la tumba.

Recomendaciones al usar Bay Wheels
Lo primero es descargar la aplicación de Lyft y después la de Bay Wheels, ambas necesarias para activar el servicio. Si la estancia en San Francisco será mayor a una semana, conviene adquirir el plan mensual de membresía, que ronda los 29 dólares. Con este plan el costo por minuto en bicicletas eléctricas disminuye, lo que representa un ahorro considerable frente a la tarifa estándar. Ese detalle hace la diferencia en una ciudad donde las pendientes prolongadas convierten la asistencia eléctrica en una aliada imprescindible.