La soberanía energética mexicana volverá a romper la tierra

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La soberanía energética mexicana volverá a romper la tierra

México no volvió al fracking porque haya encontrado una solución limpia al problema energético. Volvió —o mejor dicho, terminó por admitir que nunca se había ido del todo— porque la producción de gas natural cae, Pemex necesita sostener su papel estratégico y el país importa cerca del 75% del gas que consume desde Estados Unidos. El argumento oficial para volver a perforar la tierra es político: se busca una soberanía energética. Pero la pregunta es otra: ¿soberanía para quién y a costa de qué territorios y daños ambientales?

En abril de 2026, el gobierno federal anunció un plan para explotar “yacimientos no convencionales” y “geología compleja”, una forma menos áspera de nombrar lo que, en los hechos, conduce a la fracturación hidráulica. Pemex espera comenzar extracción de gas no convencional en 2027, con la promesa de nuevas tecnologías (algo que lleva décadas diciendo), agua reciclada o agua de mar, y un comité técnico que evalúe la viabilidad del procedimiento. Pero el lenguaje técnico no elimina el problema político: cuando un Estado evita decir fracking, quizá no está resolviendo el conflicto, sino administrando su costo simbólico.

La fracturación hidráulica no es nueva en México. Pemex confirmó que entre 2012 y 2026 se perforaron 1,095 pozos en Puebla y Veracruz mediante fractura hidráulica convencional, en 2,164 operaciones. Incluso durante el sexenio de López Obrador, cuando el discurso público rechazaba el fracking, se registraron 168 pozos; en la administración de Claudia Sheinbaum, entre 2025 y 2026, se registraron 18 pozos y 34 operaciones. Esto obliga a matizar la idea de “regreso”: no estamos ante una puerta que se abre por primera vez, sino ante una práctica que pasó de la zona gris al centro del debate nacional.

El problema es que el fracking tiene dos caras. Para sus defensores, representa una salida ante la dependencia del gas texano, una manera de aprovechar reservas nacionales y una posible herramienta para fortalecer a Pemex. México tiene yacimientos relevantes en el norte y en torno al Golfo; según el propio plan presentado por Pemex, los recursos no convencionales podrían aportar miles de millones de pies cúbicos diarios hacia 2035. En esa lectura, no fracturar sería renunciar a una riqueza enterrada mientras el país compra a Estados Unidos lo que podría extraer dentro.

Pero el fracking no es sólo una técnica ni una defensa a la soberanía. Es una forma de intervenir territorios rurales, acuíferos, cuerpos, caminos, casas, cultivos y memorias comunitarias. Requiere grandes volúmenes de agua, presiones extremas, arena y aditivos químicos. En yacimientos no convencionales, se han documentado rangos de entre 9 y 29 millones de litros de agua por pozo. La promesa de una versión “sustentable” debe probarse con evidencia pública, no con vocabulario administrativo. Y, sobre todo, estar regulada para evitar los errores de la mano del hombre.

Aquí entra una idea que Rob Nixon llamó slow violence: una violencia lenta, acumulativa, muchas veces invisible para quienes no viven en el sitio afectado. El fracking no siempre produce una imagen espectacular de desastre. Su daño puede aparecer como una parcela que deja de rendir, una grieta en una casa, agua que cambia de olor, enfermedades que nadie conecta oficialmente con la actividad industrial o familias que terminan desplazadas porque el territorio ya no sostiene la vida como antes.

Desde esa perspectiva, el fracking también puede leerse como una forma de terricidio: explotación de recursos, deterioro de las condiciones materiales y afectivas que permiten habitar un lugar. Cuando una comunidad rural pierde agua, suelo, aire limpio o tranquilidad, pierde su ecosistema. Y cuando ese deterioro obliga a abandonar la tierra, aparece una consecuencia que México conoce demasiado bien: el desplazamiento forzado, no siempre causado por la violencia armada, sino también por la suma de daños ambientales, extractivos y económicos.

El contraste con Brasil ayuda a entender la dimensión regional del asunto. Brasil sí se ha convertido en una potencia petrolera latinoamericana. En febrero de 2026 produjo alrededor de 4.06 millones de barriles diarios de petróleo y cerca de 5.30 millones de barriles equivalentes diarios si se suma petróleo y gas natural. Su fortaleza viene sobre todo del presal, enormes campos marítimos en aguas profundas del Atlántico, responsables de cerca del 80% de su producción equivalente.

Aunque no existe evidencia sólida todavía, especialistas rumoran que Brasil hará un ajuste de cuentas con la historia colonial extractivista. Existe la posibilidad de que este 2026 extraerá petróleo en Portugal. Brasil apostó por tecnología, inversión, exploración marítima y una política petrolera de largo plazo; México, en cambio, llega a 2026 presionado por el declive de sus campos convencionales, su dependencia del gas estadounidense y la poca transparencia de PEMEX.

El debate mexicano no debe reducirse a una pregunta técnica: ¿se puede hacer fracking con menor impacto? La pregunta obligatoria es: ¿qué territorios serán sacrificados para sostener la promesa de soberanía energética? Porque una soberanía que se construye sobre comunidades enfermas, acuíferos bajo sospecha y regiones rurales convertidas en zona de extracción no es soberanía completa. Es una forma de independencia nacional financiada con dependencia local.

México no vuelve al fracking por convicción ambiental. Volvió por agotamiento energético, por presión fiscal, por declive petrolero y por miedo a depender demasiado de Texas. Esa explicación puede ser racional desde un escritorio de gobierno. Pero desde una comunidad rural, desde una casa agrietada, desde un pozo contaminado o desde una parcela que ya no produce, la racionalidad se vive distinto.

¿México está dispuesto a obtener energía mediante una técnica que puede convertir la tierra en una deuda diferida? Porque el fracking promete gas hoy, pero puede dejar territorios rotos mañana. Y en un país atravesado por desplazamientos, terricidio y violencia lenta, esa promesa merece una conversación pública seria, transparente y situada en los lugares donde la fractura no será metáfora, sino suelo abierto.

Preguntas frecuentes

¿México aprobó el fracking en 2026?
No exactamente. El fracking nunca estuvo prohibido en la ley. En 2026 se retoma abiertamente su uso dentro de una estrategia energética.

¿Por qué México necesita el fracking?
Principalmente por la caída en la producción de gas natural y la alta dependencia del gas importado desde Estados Unidos.

¿Qué riesgos tiene el fracking?
Uso intensivo de agua, posible contaminación de acuíferos, emisiones de metano y afectaciones a comunidades rurales.

¿Qué es el terricidio en el contexto del fracking?
Es la destrucción de las condiciones que hacen habitable un territorio, incluyendo su ecosistema, comunidad y forma de vida.

¿Brasil produce más petróleo que México?
Sí. Brasil produce más del doble que México y ha desarrollado tecnología avanzada en extracción offshore.

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SOBRE EL AUTOR
Retrato de Joel Flores, escritor y narrador mexicano

Joel Flores escribe historias que destacan por su profunda conexión con la realidad mexicana. Leer más ➡

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