Territorio neutral

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Joel Flores en su estudio de Tijuana, 2024 iamjoelflores.com

No recuerdo quién le puso el nombre. Tal vez fue Flor mientras preparábamos la cena o quizá fui yo durante alguno de esos desayunos apresurados entre videollamadas. Lo cierto es que, con los años, terminamos llamando a la cocina territorio neutral.

Allí nos ponemos al día, compartimos las noticias buenas y las malas. Allí dejamos descansar las diferencias cuando alguna discusión se empeña en acompañarnos más tiempo del necesario. Y, también, nos recordamos que somos parte del mismo equipo.

Resulta extraño pensar que el espacio más importante de nuestro departamento no fue la sala, ni los escritorios donde trabajamos durante años, ni siquiera las habitaciones donde pasamos tantas horas frente a una computadora.

Hace cinco años que Flor y yo trabajamos desde casa.

A simple vista podría parecer que vivimos juntos cada minuto del día. La realidad es distinta: ella trabaja en una habitación, yo en otra. Entre reuniones, llamadas, pendientes y entregas, hay jornadas enteras en las que apenas nos cruzamos en el pasillo. A veces escucho su voz detrás de una puerta cerrada, mientras participa en una reunión. Otras veces es ella quien escucha la mía mientras intento resolver algún asunto con un cliente.

Compartimos el mismo techo, pero cada uno habita durante varias horas su propio mundo y jornada laboral. Con el paso del tiempo, este departamento echó raíces como oficina, refugio y hogar.

Con el tiempo aprendimos algo que nadie nos enseñó. Aprendimos a respetar los silencios y tiempo del otro. A reconocer cuándo una puerta cerrada significa concentración. A distinguir los días en que una entrega importante exige paciencia. A convivir sin invadirnos.

Pienso que todas las parejas desarrollan sus propios códigos. Los nuestros nacieron entre estas paredes durante casi trece años.

Mientras escribo estas líneas me doy cuenta de que cada habitación adquirió una personalidad distinta. Mi estudio, la oficina de Flor, el pasillo donde apenas nos cruzábamos algunas veces, la sala donde tomábamos aire después de una jornada complicada, y la cocina, que terminó convirtiéndose en una especie de plaza pública dentro de una pequeña ciudad habitada por dos personas.

Porque allí, después de un día de batalla, volvíamos a encontrarnos como dos novios de pueblo que van a la plaza los domingos.

Uno preparaba café mientras el otro acomodaba los platos. Uno picaba verduras mientras el otro contaba cómo había salido una reunión. Había días en los que hablábamos de nuevos proyectos. Otros en los que comentábamos alguna preocupación. Algunos más simplemente permanecíamos juntos, escuchando el sonido del agua hervir, el aroma del pan tostándose y el café.

La cocina terminó funcionando como una frontera amistosa entre el trabajo y la vida matrimonial.

Y también como un recordatorio de que las parejas no se construyen únicamente durante los grandes viajes, las celebraciones o los momentos extraordinarios. También se construyen mientras alguien pregunta cómo estuvo tu día. Mientras dos personas preparan la comida. Mientras uno lava los platos y el otro seca los cubiertos. Mientras se conversa sobre asuntos aparentemente pequeños que, vistos con el paso de los años, terminan formando una relación de pareja.

Pienso en muchas cosas, pero ahora pienso en esto mientras nos preparamos para dejar este departamento.

La casa a la que llegaremos tiene una cocina mucho más grande que ésta. Más luminosa. Con espacio suficiente para que las plantas encuentren un nuevo rincón y para que nosotros continuemos las conversaciones que iniciamos aquí hace años.

No tengo dudas de que también se convertirá en territorio neutral.

Tarde o temprano habrá desayunos apresurados antes de una reunión importante. Habrá comidas compartidas entre pendientes de trabajo. Habrá cenas en las que comentaremos los pequeños triunfos y las preocupaciones que acompañan cualquier proyecto de vida.

Lo extraño es que, por ahora, sigue siendo un lugar virgen. Sus paredes todavía no escuchan nuestras conversaciones. Sus ventanas no han visto nuestras rutinas. Ninguna diferencia se ha resuelto allí. Ningún proyecto ha sido planeado sobre su barra. Ninguna comida compartida ha plantado la semilla de la memoria doméstica.

La cocina de este departamento, en cambio, ya sabe quiénes somos.

Conoce nuestras prisas de los lunes, los desayunos tardíos de los fines de semana, las celebraciones discretas e indiscretas, los días difíciles y las conversaciones que comenzaron con una taza de café y terminaron cambiando el rumbo de alguna decisión importante.

Quizá por eso me cuesta pensar en ella como un simple espacio de la casa.

Porque los lugares que habitamos durante años terminan acumulando algo parecido a una personalidad. Se llenan de recuerdos, rutinas y afectos. Desarrollan una memoria propia.

Pienso que dentro de algunos años ocurrirá lo mismo con la cocina de nuestra próxima casa. También acumulará conversaciones, desacuerdos, reconciliaciones, desayunos y proyectos. También tendrá una memoria doméstica compartida.

Por ahora sigue siendo una página en blanco.

Y quizá allí reside una parte de la emoción que acompaña toda mudanza: mientras nos despedimos de un territorio lleno de recuerdos, otro nos espera al otro lado de la puerta, dispuesto a recibir los que aún nos faltan por construir.

Pienso que esa es una de las formas más discretas del amor.

Volver a empezar ciertas cosas sin empezar realmente desde cero.

Llevarse los hábitos, las conversaciones, las complicidades y los afectos construidos durante años para sembrarlos en otro lugar.

La cocina de nuestra próxima casa todavía no nos conoce. Pero nosotros ya sabemos cómo convertirla en territorio neutral.

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SOBRE EL AUTOR
Retrato de Joel Flores, escritor y narrador mexicano

Joel Flores escribe historias que destacan por su profunda conexión con la realidad mexicana. Leer más ➡

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